AH, LOS HIJOS

A medida que se iba acercando al sueño, y sin que si­quiera se lo hubiera propuesto, Raquel, viuda desde hacía tres años, se dedicó a pensar en sus hijos. Pri­mero jugueteó con los nombres. Vaciló entre pensar­los por orden alfabético o por orden cronológico. Al cabo del segundo bostezo, se decidió por el alfabeto.
ANA. Exiliada voluntariamente en Nueva York, allí había estado el fatídico 11 de septiembre. Presen­te y ausente, desde lejos y cerca, asistió al derrumbe de la segunda torre gemela. Nunca tuvo los ojos tan abiertos.
Nunca las manos le temblaron tanto. Nunca el co­razón le envió tantos mensajes. Al día siguiente se enteró de que habían muerto cinco mil; otros reduje­ron la cifra a tres mil. Cuántos, ¿no? De pronto re­cordó que en Hiroshima murieron cien mil y en Nagasaki ochenta mil, pero hoy nadie hace enojosas comparaciones. Total, aquéllos eran japoneses. Pa­rece que, pese a todo, y a todas las amenazas que circulan, Ana se quedará en Nueva York. Dice que la ciudad le gusta. Casi todos sus amigos militan en lo que podría llamarse Partido de la Abstención, sin duda el mayoritario. Ella los anima a votar: No es que exista un candidato ideal, les dice, pero siempre hay uno que es menos peor que el otro. No le hacen caso. Hace mucho que se les deshilachó la confianza. Mejor es ir al baseball o escuchar discos antediluvianos de Sinatra o de Louis Armstrong. Así y todo, se casó con un ingeniero abstencionista y vive relativa­mente feliz. Su trabajo en la ONU (lo ganó en con­curso) le resulta estimulante. Es lindo juntarse en la cafetería con funcionarios o delegados franceses, ecuatorianos, napolitanos, australianos, chilenos, su­dafricanos, etcétera. El único esperanto en que se entienden es el inglés y se divierten bastante con aquel chapurreo en clave mayor, aquel idioma que nadie domina.
CARLOS. Tal vez fue su favorito. Catorce años es poca vida. Nunca tuvo ánimos para reconstruir su final, para no ahogarse ella también en aquel naufra­gio absurdo. Que aprendiera a nadar, se lo dijo mil veces. Y él siempre retrucaba: ¿Para qué? La vida, o más bien la muerte, demostraron para qué. Como siempre que piensa en ese hijo, que sueña con él, la almohada se le empapa de llanto.
DANIEL. Siempre la acompañó. Siempre estuvo con ella. También ahora. Él sabe (y ella sabe que él lo sabe) que el afecto materno que recibe tiene el sig­no de la obligación, no de la espontaneidad. El vacío que dejó Carlos nadie lo colmó. Cuando él (tan sólo en los adioses o en los regresos) la abraza y la besa, siente que ella está abrazando y besando a Carlos. Pese a todo, a ella le consta que Daniel es fiel como un perro.
LUISA. Sin duda, la más atractiva de la familia. Sin embargo, no ha tenido suerte. Siempre alimentó la obsesión de ser ella misma, de no afiliarse a las apa­riencias. Una sola vez se enamoró, o creyó que se enamoraba, pero resultó que ese primer tórtolo le demostró su amor a bofetadas. Eso le magulló tanto el alma que se enfrentó al espejo e hizo un voto de desamor para el resto de sus días. Lo malo fue que esa inquina la empujó a la prostitución y allí permanece. Ella dice que se acuesta con los hombres para odiar­los mejor. Raquel ha tratado de persuadirla, de con­tagiarle su decencia. Pero Luisa, que empezó siendo carne seductora, ahora es apenas un alma marmórea.
MANUEL. Trabaja como un obseso en la carpin­tería de su primo Aparicio. Siempre ha sido milagro­samente sano. A la noche llega a casa agotado, deshe­cho, muerto de sueño. Su mujer, Amalia, comprensiva como pocas, ya ni siquiera le reprocha su menguada lujuria. Raquel tiene, sin embargo, fundadas sospe­chas de que la nuera calma sus apetitos en otras co­marcas. Afortunadamente, no tiene pruebas. Las ra­ras veces que se encuentra con Manuel (Navidad, cumpleaños) le aconseja que trabaje menos, que se interese por otros quehaceres (cultura, política, de­portes, etcétera), pero él ni siquiera responde. Sim­plemente sonríe, aunque eso también le da trabajo.
A esta altura, la nómina de hijos no ha acabado (faltan dos: Ricardo y Teresa), pero Raquel comien­za a amodorrarse, dispuesta como de costumbre a soñar con Carlos y a mojar la almohada.

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