ALGUIEN

Alguien va a venir. Estoy seguro. Sé que alguien vendrá. Aunque me haya ido del mundo, no por muerte sino por soledad y algo de cobardía. Nunca he podido soportar el odio y sin embargo el odio me alcanzó.
Fue en la primavera del 2000. No estaba solo en­tonces. Tenía por lo menos cinco amigos de toda confianza. Especialmente uno: Matías. Nos reunía­mos los fines de semana para practicar el ajedrez o el golf. Deportes no muy agitados, por cierto, pero que nos unían.
Otro tipo, un tal Freiré, en varias ocasiones había tratado de incorporarse a nuestras reuniones, pero de una u otra manera le hicimos entender que no nos era grata su compañía. La verdad es que era insopor­table.
Todo aconteció un jueves de octubre. Yo venía solo en mi coche. La carretera estaba completamen­te vacía. De pronto, junto a un muro semiderruido, vi una escena que me resultó espeluznante. Un hom­bre, de mameluco azul y zapatos sport, le estaba asestando varias puñaladas a una mujer que parecía joven.
Estuve a punto de detenerme, pero no estaba ar­mado y aquel tipo era capaz de cualquier violencia. Simplemente, aminoré la marcha. El tipo por fin abandonó la horrible tarea y levantó la cabeza. Sólo entonces lo reconocí: era Freiré. No estaba seguro de si él, a su vez, me había reconocido.
Agitado y confuso, aceleré de nuevo y una hora más tarde llegué a mi casa. Al día siguiente el crimen fue titular de casi todos los diarios. La muchacha, una azafata aérea, había muerto. No había datos del asesino, que estaba prófugo. Al parecer, no había testigos de la agresión.
Pasé un día entero cavilando y al fin me decidí: concurrí a la policía e hice la denuncia. Esa misma tarde apresaron a Freiré. Tuve que ir a reconocerlo y él me dedicó una mirada de odio y murmuró en­tre dientes: «De algo podes estar seguro: me la vas a pagar».
La amenaza me golpeó. Seguramente él iba a ser condenado, pero esa misma noche dejé la capital. Sin avisar a nadie, ni siquiera a mis colegas de golf y de ajedrez, alquilé un chalecito en Colonia y allí me instalé.
Transcurrido el primer mes, el aislamiento me re­sultó insoportable y decidí llamar a mi amigo Ma­tías. Le di las señas de mi nuevo alojamiento y le pedí que viniera cuanto antes.
A los tres días, o sea hoy, sonó el llamador. Pensé: debe ser Matías. Antes de abrir, miré por la ventana. No era Matías, sino el mismísimo Freiré. Abrí un cajón del armario y tomé el revólver. Me moví con cautela hasta la puerta y la abrí. Freiré me dedicó una irónica sonrisa, y dijo: «No aceptaron tu testimonio. Llegaron a la conclusión de que no había testigos. Además, tengo ahora buenos amigos en el poder. Ya ves, estoy libre».
Yo sabía lo que me esperaba. Vi que introducía la mano derecha en el bolsillo, pero le gané de mano y le metí dos balazos en el pecho.
Ahí está ahora, en el umbral, agonizando. Pero pudo escucharme: «Lo que son las cosas. Hoy tam­poco hay testigos».
Después, veré lo que hago. Por lo pronto, borré a Matías de mi lista de amigos.

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