AMOR EN VILO

amor en vilo
la sospecha entreabre
su celosía

De golpe y porrazo entró en el exilio. Calles de ver­dad en las que no creía. Bajo el cielo plomizo, muje­res con rostros de arco iris. Esquinas de oscuridad con basura impecable, pero distinta. Ventanas que emitían cantos provocadores y mensajes obscenos. Qué laberinto.
En su pobre cuarto de pensión entró por fin el cielo, que de improviso se había vuelto azul con un cinturón de nubes espumosas. Eso le animó a instalarse men­talmente en su casa remota, nada menos que a doce horas de vuelo. El candor de su madre, el llanto de los sobrinos. Y luego los golpes groseros en la puerta, la invasión del espanto. La tortura corriente y otras pro­fecías. La suerte o la conciencia, con su red de fantas­mas. Y el puntapié final por sobre los océanos.
Se desperezó por fin y se metió en el mundo. El mendigo lo vio venir y no le tendió la mano pedigüe­ña. Sólo le dijo: «Aquí». Era su idioma y no lo era. Hasta los harapos eran otros. Le preguntó algo y el indigente le respondió algo. Luego dijo: «¿Vas a quedarte? Te echaron, viejo. Estás jodido, como yo. Si querés te presto unos pingajos para que me acompañes. Ah, pero no con ese traje dominguero. Me espantarías la clientela». .
Le dejó unas monedas, le dijo gracias y se alejó casi corriendo, como si huyera de un futuro posible. Tenía las señas de dos compatriotas. Sabía cómo lle­gar. Caminando, claro. Dos horas más tarde pudo tocar el timbre en la puerta de Augusto. Pero la que abrió fue Pilar. Andaluza cien por ciento. «Soy An­drés, amigo y compatriota de Augusto. Ayer llegué de Uruguay.»
Pilar lo hizo pasar y lo ubicó en un sofá comodísimo. Luego le trajo un vaso con whisky y dos cubitos de hielo. «¿No está Augusto?» Sólo entonces ella se sentó frente a él, se frotó las manos y se animó a hablar: «Augusto murió. Hace un año, un paro cardía­co. Nada lo hacía prever».
Ante la crudeza de la noticia, Andrés se sintió re­pentinamente frágil. Se tomó la cabeza con las dos manos y estuvo a punto de perder el conocimiento. Cuando pudo hablar, sólo dijo: «¡Qué horrible!». Pi­lar le preguntó dónde se hospedaba, y luego, tal vez impresionada por el desánimo de Andrés, agregó con cierta cortedad: «Tengo una habitación libre. Si no encuentras nada mejor, puedes instalarte aquí, así sea transitoriamente».
Él agradeció, conmovido, y dos días después apa­reció con sus bártulos. El paso siguiente fue buscar trabajo. Pilar lo puso en contacto con Luis Pedro, que era el otro uruguayo que Andrés traía en su agenda. Gracias a él consiguió una chamba. Clan­destino, por supuesto. Luis Pedro se dedicaba a tra­ducciones del inglés, del alemán y del italiano, pero estaba agobiado de compromisos. Sabía que Andrés era un buen traductor de alemán y como coincidía con que esa lengua era la que menos dominaba, Luis Pedro empezó a pasarle lo que le llegaba en deutsch, derivándole la paga correspondiente.
Con alojamiento y trabajo resueltos, Andrés tuvo tiempo de ir conociendo Madrid y encontró que le gustaba. También su relación con Pilar, que empezó en gratitud y fue convirtiéndose en una sincera amistad, significó asimismo una terapia eficaz contra la soledad. Cada vez hablaban menos de Augusto y en cambio se fueron contando sus vidas, tan dispares. Andrés a veces se animaba a cocinar y Pilar elogiaba puntualmente sus progresos. Una tarde, cuando ha­blaban de un próximo menú, Pilar de pronto se calló y con un tono algo vacilante empezó a contarle: «Este barrio es de una chismografía muy desarrolla­da. Justamente hoy, mientras elegía yogures en el su­permercado, una buena vecina me acercó el rumor de que nosotros dos, ya que vivíamos juntos, éramos amantes. Lo curioso es que no lo decían como críti­ca. Más bien les parecía lógico. Son jóvenes, dijo una. Y buena gente, dijo otra».
Andrés sonrió, enigmático, pero pudo pregun­tar: «Y a vos ¿qué te parece?». A Pilar se le llenaron los ojos de lágrimas. Luego se miraron intensa­mente, y en un impulso que fue recíproco, se unie­ron en un abrazo cálido, estrecho. También simul­táneamente empezaron a desnudarse, con un poco de vértigo y otro poco de desesperación. Por fin los cuerpos expresaron deseos que tenían razón (y co­razón) de ser.
Sin trabas ni prejuicios, el amor fue creciendo, consolidándose. Aun así, Andrés ordenaba sus nos­talgias, soñaba las esquinas de allá lejos, reproducía rostros queridos, cielos con Vía Láctea, calles empe­dradas, miedos y conjuras.
Una tarde la televisión dio la noticia. No más dic­tadura en Uruguay. Volvió la democracia. Los exilia­dos pueden regresar.
¿Regresar? Pilar asistió junto a Andrés a la revela­ción. «¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a volver?»
Andrés no dijo nada. Patria o Pilar. Pilar o Patria. «Si regresara, ¿vendrías conmigo?»
Pilar tampoco dijo nada. Andrés o Madrid. Ma­drid o Andrés.
«Es tan difícil.»
Más tarde, mucho más tarde, en la fila 14 del vue­lo 6841 de Iberia, Pilar advirtió que ahora era Andrés el que lloraba. «Quién sabe», dijo ella, y él, en un eco: «Quién sabe». Luego pensó en voz baja: «¿Será un amor en vilo?». Pilar dijo: «Eso nunca», y pareció es­conderse en su calma, pero casi enseguida recobró su sonrisa y oprimió la mano de Andrés: «¿Qué te pare­ce si en vez de amor en vilo, decimos mejor: amor en vuelo?».

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