AMORES DE ANTEAYER

En aquel luminoso otoño de 1944, Rodrigo Aznárez recorrió virtualmente toda la República. Le hacía de secretario al doctor Montes, autor de un (según él) revolucionario plan de educación física que había decidido difundir por los diecinueve departamentos del país. También formaban parte de la expedición siete esbeltas muchachas, alumnas de una especiali­dad más o menos gimnástica.
Rodrigo era el encargado de hacerle a Montes el discurso básico, que luego el jefe modificaba de acuerdo a las características de cada población. Tam­bién tomaba nota de las preguntas del público, a las que debía responder en la próxima coyuntura.
Antes y después de cada arenga, las muchachas aportaban su espectáculo de campeonato, y sus ejerci­cios isométricos, sus volteretas y flexiones, eran ruido­samente aplaudidos por aquel público más bien rústico que acudía mucho más atraído por las jóvenes piernas musculosas que por las metáforas del doctor Montes.
Después de la cena, todos (incluido el jefe) concu­rrían al club local, que por lo general organizaba un bailongo en homenaje a la visita. Todavía no era tiempo de rock, donde los bailarines establecen dis­tancias. El tango, primera danza abrazada de la his­toria y, por eso mismo, primer adoctrinamiento de lujuria, permitía instruirse sobre las cimas y las hondonadas del otro cuerpo.
Para Rodrigo, ése era el codiciado salario de los viajes. Pero lo mejor era el regreso en el autobús que contrataba Montes. Ahí comparecía Natalia Oribe, una atractiva morochita de modesta apariencia, que envolvía a Rodrigo con su clamorosa simpatía y el convincente lenguaje de sus manos. Sólo se besaban cuando el autobús quedaba a oscuras. El cruce de los túneles solía ser el momento más lúbrico.
La llegada del invierno más implacable del siglo puso punto final a las giras profesionales del doctor Montes. Rodrigo y Natalia, que se habían prometi­do otros azares, no se vieron más. Poco después él supo que la muchacha se había trasladado a Canadá con su familia.
Más de medio siglo después, el 15 de diciembre del 2000, Rodrigo se metió en un cine, más para disfrutar del aire acondicionado que por interés en la película. A su edad, el calor excesivo le hacía mal, le impedía respirar con normalidad. De pronto hubo un corte en la película y la sala se iluminó. No había mucha gente, a lo sumo veinte espectadores. Tres filas más adelante estaba, también sola, una vieja delgada pero erguida. Cuando se reanudó la película, la mujer abandonó su asiento y vino a sentarse junto a Rodrigo.
-Sos Rodrigo Aznárez, ¿verdad?
-Sí.
-Qué suerte. Yo soy Natalia Oribe, ¿te acordás? Rodrigo abrió tremendos ojos. No lo podía creer.
-¿Qué te parece si abandonamos este drama infa­me y nos metemos en un café?
Al café fueron y consiguieron ubicarse en una suerte de reservado.
Entre cerveza y cerveza, les llevó un buen rato ponerse al día. Rodrigo, contador público, era viu­do. Su único hijo, químico industrial, residía en Ita­lia. Natalia, psicóloga ya retirada, se había casado dos veces: una en Canadá, con un aviador de Montreal, del que se separó a los tres años, sin hijos me­diante. Otra en Valparaíso, con un chileno profesor de Filosofía, que siete años después la dejó viuda y con una hija, que vivía en Murcia y le había dado dos nietos.
Mientras ella hablaba, Rodrigo trataba de desen­trañar, en aquel rostro casi octogenario, la gracia y la inocencia de la antigua muchacha. Al menos la sim­patía había sobrevivido y se lo dijo.
—Vos sos más reconocible —comentó ella—. Tu sonrisa es la misma y me sigue gustando.
—A esta altura -dijo él- ya no es uno el que sonríe, sino las arrugas.
—¿Por cuánto andas?
—Ochenta y uno. ¿Y vos?
—Setenta y nueve.
—No estamos tan mal.
—¿Verdad que no?
—¿Te acordás de los viajes en autobús?
—Nunca los olvidé.
—Pero desapareciste.
—Enseguida nos fuimos a Canadá y no tenía tu di­rección ni tu teléfono.
Sobrevino un silencio, pero fue breve. Ella dejó su silla y fue a sentarse junto a Rodrigo. Luego, al igual que en aquel otoño del 44, apoyó su cabeza en el hombro reencontrado.
-Natalia -dijo él.
Ella siguió callada, pero por cierta vibración de aquel hombro viejito que era su apoyo, supo de ante­mano cuál iba a ser la continuación.
-Natalia -repitió él, con voz vacilante y esperan­zada-. ¿Cuándo nos casamos?

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