CONCLUSIONES

Hubo un verano en que la muerte se aburrió de su comarca nocturna y decidió instalarse en la refulgen­te mañana. El sol se filtraba entre los rascacielos y se detuvo a sólo tres baldosas de su desamparada sombra.
La muerte enfocó con sus ojos grises el piso más alto de un imponente edificio. Allí, junto a una frágil baranda, estaba un hombre totalmente desnudo que abría y cerraba los brazos. Desde la concurrida plaza nadie miraba hacia arriba. Todos cuidaban sus pasos o esperaban el verde de los semáforos. La muerte comprendió que el hombre desnudo estaba a punto de arrojarse al vacío, pero ella no estaba en ánimo de recibirlo, así que simplemente parpadeó. Cuando volvió a mirar, el hombre desnudo ya no estaba aso­mado a la remota baranda, pero al cabo de un rato reapareció pulcramente vestido y con una sonrisa que desde abajo nadie era capaz de distinguir. Salvo la muerte.
Una pareja de jóvenes, quizá demasiado absortos en su amor, se aventuró en un cruce de peatones a pesar del semáforo en rojo. Un camión enorme se les vino encima; mejor dicho, se les venía, porque la muerte otra vez parpadeó y el camionero frenó brus­camente, no sin antes cubrir de prolijos insultos a los imprudentes. Éstos ni se dieron cuenta del peligro corrido y siguieron abrazados su camino.
La muerte decidió moverse. La grandiosa aveni­da, con sus rascacielos en fila y sus nudos de automó­viles, le pareció el pretencioso borrador de un futuro camposanto. Para ella era indudable: toda aquella disparatada hipérbole acabaría algún día, centímetro a centímetro, kilómetro a kilómetro, cruz a cruz, en un oscuro destino sin regreso, en su hora suprema.
De pronto se dio cuenta de que el luminoso día la aburría aún más que la noche. De modo que regresó urgentemente a su lóbrego habitat, donde sólo la luna podía desafiarla. Y empezó como siempre la ru­tinaria caravana.
Desde abajo, desde las tres o cuatro guerras que asolaban el mundo, se elevaban hálitos, manes, soplos vitales consumidos, huellas de espíritus. La muerte los acogía con su habitual pericia y los diseminaba en su franja de éter, unas veces como efluvios y otras ve­ces como miasmas. Un trabajo verdaderamente ago­tador.
Menos mal que no hay Dios, masculló la muer­te con su voz cavernosa. Si hubiera Dios y viniera a disputarme el azar, no tendría más remedio que mo­rirme.

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