CUARTETO

Marcela tuvo, desde siempre, tres enamorados: Feli­pe, Ambrosio y Gustavo. Increíblemente, el profundo vínculo que unía a los tres muchachos eran los celos. Se vigilaban con cariño y bonhomía, pero ninguno les perdía la pista a los otros dos. De todos modos, Mar­cela era siempre un referente, algo así como un baró­metro o una escala. La extravagancia o la rareza no constituían méritos para nadie. Todos jugaban sus cartas a la normalidad y la cordura.
Hasta el ingreso a la Universidad habían estudia­do juntos. Los sábados de noche salían de copas y de bailes. Marcela atendía por igual a cada inte­grante de su «terceto» y era en el abrazo tanguero cuando aparecía la inevitable competencia. Pero ha­bía que cuidarse, porque el que oprimía en exce­so se desvalorizaba tanto como el que abrazaba con flojera.
A partir del nivel universitario, empezaron a verse mucho menos. Los encuentros eran en todo caso te­lefónicos. Felipe siguió Derecho y fue el primero en recibirse; Ambrosio se decidió por Arquitectura, pero su ritmo fue más lento; Marcela se inscribió en Humanidades, y Gustavo dio varios exámenes de Ingeniería. Pese a esa dispersión, se encontraban una vez al mes, ya no para copas o bailongos, sino para cenar en algún confortable restaurante de Pocitos. Los tres seguían enamorados de Marcela, pero ninguno se atrevía a dar el campanazo, pese a que ella, al parecer, seguía invicta, sin pareja.
Cosa rara: en una de esas cenas faltó Ambrosio, sin aviso. Cuando estaban en el flan con dulce de le­che, sonó el celular de Felipe.
-¿Cómo? ¿Cuándo?
Felipe se había puesto pálido y su voz sonaba más aguda que de costumbre.
-Una maldita noticia. Ambrosio está preso. Me dicen (me cuesta creerlo) que intentó robar varios Rolex en una joyería del Centro, y como el dueño in­tentó resistirse, Ambrosio sacó un revólver y le pegó dos tiros. Al parecer, lo mató.
La reacción más dramática fue la de Marcela. Con un ademán brusco apartó su silla y se dobló sobre sí misma, llorando amargamente, casi con estertores. De inmediato los otros dos se levantaron y trataron de calmarla. Por fin Marcela se tranquilizó un poco, se arrimó de nuevo a la mesa y respiró en profun­didad.
-Yo sabía que andaba en esos juegos peligrosos, por cierto sin ninguna necesidad. Pero nunca imagi­né que anduviera armado y menos aún que estuviera dispuesto a matar.
Felipe y Gustavo se miraron, a cual más sorpren­dido, y unidos como siempre por los prehistóricos celos.
Marcela intentó sonreír entre sus lágrimas.
-Alguna vez, muchachos, tenía que decirles la verdad. Siempre supe que los tres estaban encari­ñados conmigo. Pero desde el comienzo, desde que estudiábamos juntos, yo sólo estuve enamorada de Ambrosio. Y hace cinco años que es mi com­pañero.
Luego se enfrentó a Felipe con una mirada más conminatoria que esperanzada.
-Vos que sos abogado, te encargarás de su defen­sa, ¿verdad?

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