CUATRO EN UNA CELDA

Durante tres años compartieron la misma celda. Ro­berto había llegado a sentir por Matías un tímido afecto. Otras veces lo miraba con un poco de rabia, como si en aquel otro se viera a sí mismo y ese espejo empañado le transmitiera una tristeza empecinada, sin consuelo.
A los dos meses de compartir castigo, ya se habían contado y recontado sus historias, y cuando ya no les quedó nada que repasar, cada uno se recluyó en su si­lencio y el diálogo se redujo a monosílabos.
Roberto era un preso político; Matías estaba ficha­do como delincuente común. Roberto no había ma­tado a nadie, aunque en verdad no le habían faltado ganas, pero durante toda una temporada había ejerci­do un agresivo periodismo contra el poder. A la dicta­dura lo que más le molestaba no eran sus argumentos sino el tono de burla con que los matizaba. Más de un dardo de sus artículos aparecía luego pintado en los muros y normalmente las fuerzas del orden demora­ban semanas en borrarlo. Todo le servía. Podía co­mentar un partido de fútbol o un festival de tango; su burla siempre hallaba un atajo contra los de arriba. Durante un largo lapso lo toleraron, tal vez porque el gobierno, por autoritario que fuese y se lo creyese, era consciente de que arremeter contra aquel ácido y cer­tero humor era arremeter contra sí mismo. Pero en una ocasión la burla alcanzó a un gobernante extranjero en visita oficial y eso ya resultó imperdonable. Hacía tiempo que Roberto imaginaba un futuro bajo candado. Sabía que el humor y el sarcasmo sirven de escudo hasta por ahí nomás, de modo que se resignó a una temporada de encierro, aunque no imaginó que durara más de algunas semanas. El problema era que, aunque voz de oposición, no estaba afiliado a ningún partido, quizá por eso no hubo campaña en su defen­sa ni reclamos por su libertad. Al cabo de tres años te­nía la impresión de que ya nadie se acordaba de él y ese olvido era también una condena.
Matías estaba preso por otras razones. Tenía un modesto negocio, donde compraba y vendía ropa de segunda mano. Una noche en que se había quedado para poner al día su sencilla contabilidad, dos tipos encapuchados, creyendo que el local estaba vacío, entraron a robarle. Cuando lo vieron y se le fueron encima empuñando bates de baseball, Matías no va­ciló, extrajo el revólver (¿quién no guarda un arma en estos tiempos?) de un cajoncito reservado y les dis­paró. Su propósito era intimidarlos. Uno de los asal­tantes huyó despavorido, pero el otro cayó, al parecer herido en un hombro, y allí quedó tendido. Matías telefoneó a la policía, que acudió en pocos minutos. Dejaron al herido en el hospital y retuvieron a Matías en la comisaría. Acusado de intento de homicidio y defendido por un abogado más bien estúpido, ya lle­vaba tres años de encierro, en tanto que el herido ha­bía sido dado de alta a los dos días y puesto en liber­tad (alegó que había asaltado por hambre) y por las dudas se había trasladado con su compinche al otro lado de la frontera.
Ni Roberto ni Matías estaban solos en sus soleda­des. Roberto tenía como compañera insustituible a una araña de patas peludas que meditaba en su red y desde allí lo saludaba por lo menos dos veces al día: de mañana temprano, cuando un afilado rayito de sol se instalaba por una media hora a veinte centíme­tros de su inefable alojamiento, y también en el arranque de la noche, cuando el breve caparazón de la araña se convertía en un brillo que dividía la oscu­ridad en dos regiones. El saludo de la araña consistía en mover dos veces su pata más peluda. Roberto le respondía con el signo de la victoria. Luego uno y otra se introducían en sus noches respectivas, duran­te las cuales él solía soñar con la araña y ésta proba­blemente con aquel preso taciturno y amable.
La compañía de Matías era en cambio un ratón diminuto, casi enano. El preso había comprado su lealtad gracias a los trocitos de comida que diaria­mente le reservaba de su miserable ración carcelaria. Pero ese miligramo que para Matías era un ejercicio de asco, para el ratón significaba un bocadillo exqui­sito. El preso había llegado a imaginar que cuando el ratón movía alegremente sus bigotes, ello significaba una señal de agradecimiento.
El ratón de Matías y la araña de Roberto se igno­raban olímpicamente. Desde la red bajaba una som­bra de desprecio y desde la cavernita habitacional del ratón subía, cuando éste se asomaba, una ráfaga de odio.
Un día la dictadura se acabó; sin mayor escándalo, pero se acabó, y el flamante gobierno democrático decretó la esperada amnistía. Al enterarse, Roberto y Matías lanzaron tímidos hurras. Antes de que se abriera la puerta de la celda, Roberto le dedicó a su amiga una mirada de reconocimiento y le pareció que la araña se encogía de tristeza. Por su parte, el ratón miró a Matías con sus bigotes alicaídos. Pero ninguno de los dos amnistiados tuvo el coraje de lle­varse consigo a sus colegas.
Una vez en libertad y tras intercambiar sus señas y prometerse una cena de celebración, con champán y todo, Roberto se metió en un bar y allí mismo em­pezó a escribir su crónica «Tres años en gayola». Ma­tías, por su parte, se fue caminando lentamente en búsqueda de su antigua tienda. Si estaba cerrada, la dejaría así; si estaba abierta, la cerraría. No quería más asaltos ni disparos en defensa propia.
Eso ocurría afuera. Dentro de la celda, todo era distinto. No bien los guardias cerraron la puerta y pasaron candado, la araña se descolgó lentamente de su tela y el ratón se animó a salir de su agujero. Por primera vez se miraron sin odio, conscientes de su nueva y dramática situación. Avanzaron sin apuro y se encontraron a medio camino. Aparte de ellos dos, sólo quedaba el rayito de sol de las mañanas.
De pronto les sobrevino a ambos el mismo impul­so y terminaron abrazados, sabedores de que les es­peraba un fin de abandono y nostalgia.

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