DESDE GINEBRA
Aunque lo narro en presente, aclaro que esto lo escribo en mi recuperada sobriedad. Nunca hasta ahora me había emborrachado. Así que éste es un estreno. ¿En qué lo noto? Por ejemplo, advierto que el corazón me late en el lado derecho. O también que estoy en el centro de la infancia. Pero como la miro con ojos adultos, los otros niños se alejan, se alejan cada vez más, hasta que me dejan solo, no sé si con mi inocencia o con mis remordimientos. Un poco inquieto, llamo a mis padres, pero sólo comparece el Viejo, que con voz cavernosa me dice: «¿No sabes que estoy muerto?». Puede ser. Voy corriendo en busca de un espejo, pero en su luna sólo me espera el rostro de mi hermano, que por suerte está vivo. Alguien me había anunciado que la borrachera es como un sueño. Un sueño del que uno sólo se despierta cuando ingresa en un sueño de verdad.
En medio de la curda de pronto crezco y ya no soy un infante intrascendente sino un adolescente candoroso. En la calle pasan ellas, pasan sobre todo sus dinámicos traseros y hasta un ombligo con fulgores. La emoción se me instala en las sienes y en la garganta. Abro los brazos de bienvenida y una de las hembritas se refugia en ellos. Le pregunto hasta cuándo y ella dice hasta siempre. Ah no, eso ya es muy complicado. Para los temulentos (beodos, ebrios, dipsómanos, hurra por los sinónimos) no existe eso de siempre. Le propongo que hagamos un paréntesis, y ella se aparta indignada y casi grita: «¿Paréntesis? Tu abuela. O siempre o nada. Balbuceé: «Nada» y entonces se esfumó, con ombligo y todo.
Lo más original de mi borrachera es que respeta un orden cronológico. Ahora, por ejemplo, ya soy un maduro. Un madurito, bah. Metido como un desgraciado entre expedientes, suspiro con aliento de ginebra. El calor de febrero es insoportable, así que abro el ventanal del estudio y no sólo entra aire fresco sino que además los papeles vuelan, unos hacia el zócalo y otros hacia la calle. Me asomo y tres chiquilines idiotas se ríen allá abajo a carcajadas. Pienso en escupirles, pero me contiene la dignidad universitaria.
Suena el teléfono dos veces, tres veces, pero no en mi mamúa sino en mi mesa de luz. Estiro el brazo hasta alcanzar el tubo, y el ronquido del tubo dice: «¿Otra ginebrita?». Cuelgo sin responder y me miro las manos. Una tiembla, la otra no. La cabeza me duele como una pelota de fútbol después de un penal.
Nunca hasta ahora me había emborrachado. Abro los ojos sólo hasta la mitad, porque los párpados todavía están ebrios y me pesan. Tengo la sensación de que por las venas no me corre sangre sino ginebra. Eso sí, una ginebra de factor Rh positivo. Tengo dos sístoles por cada diástole. Mis pobres glóbulos son rojos y blancos, a rayas, como la camiseta del Atlético.
Bueno, bueno. Supe que había recuperado la famosa sobriedad cuando el corazón me volvió a latir del lado izquierdo y sobre todo cuando el tedio del mundo me empalagó de nuevo.