ECHAR LAS CARTAS

Querida muchacha:
No te extrañe que te llame así. A pesar de los años transcurridos, para mí seguís siendo la muchacha de entonces, la que atravesaba la plaza de lunes a vier­nes, a las siete menos cuarto, cosechando las lúbricas miradas de los varones de la tarde. Todos te quitába­mos con la imaginación el vestido floreado, aunque cada uno se quedaba con una revelación distinta.
Nunca dejaré de agradecerle al doctor Anselmi la noche en que nos presentó en el café Gloria y luego se fue discretamente, dejándonos por primera vez a solas con nuestro mutuo asombro. Y allí empezó todo. Tres meses después tuve el privilegio de qui­tarte el vestido floreado (eran otras flores, claro) y encontré que superabas en mucho los prodigios de la intuición. Por suerte no eras perfecta, pero tu imperfección le otorgaba un signo irrepetible a mi enamo­ramiento.
Te preguntarás por qué te cuento todo esto que sabes de memoria, por qué rememoro el origen de los tiempos, o sea de nuestro tiempo. Tal vez porque estoy solo frente al mar y evocarte es una forma de sobrellevar la soledad. Las golondrinas, veloces como nunca, pasan y repasan el aire en su estreno de la pri­mavera, y a mi vez yo, lento como siempre, paso y repaso mis inviernos. No sé por qué miro las varices azules de mis tobillos, flacos y cansados, y admito lo que fui y también lo que quise ser y nunca fui. En cada invierno pasado está tu imagen, ese retrato encuadrado que me espera en la pared del fondo de mi estudio. Y de la colección de inviernos surge nítido aquel en que me dijiste: No va más.
Querida Andrea:
Hoy supe, por tu amiga Natalia, que te casaste por segunda vez y que aparentemente sos feliz. Te conoz­co lo suficiente como para decirte que sos merecedora de una felicidad cualquiera, pero soy lo bastante honesto como para declararte que esta bienaventuranza tuya no me deja contento, ya que por supuesto habría preferido que la tuvieras conmigo. ¿Por qué no fuiste feliz en nuestro quinquenio de convivencia? Es cier­to que discutíamos con frecuencia, pero eso ocurría porque éramos (y somos) muy distintos. Para mí esa desemejanza era un atractivo más, ya que es sabido que las parejas que son (valga la redundancia) dema­siado parejas, se aburren como ostras. Por otra parte, aunque muchas veces te dije en broma que yo era fiel pero no fanático, la verdad es que nunca te engañé. Una vez estuve a punto, pero en mi corazón (perdona
la cursilería) sólo había sitio para vos. ¿También me fuiste leal? ¿Había en tu corazón una celdilla para mí y otra que estaba disponible? No puedo saberlo. Al me­nos me consta que sólo reiniciaste tu vida en pareja dos años después de nuestro punto y aparte, ¿o fue punto final? ¿Qué tal es tu marido? No. Mejor no me lo cuentes. El infarto por celos nunca es benigno. Ojalá lo disfrutes y te disfrute. Al menos ya tenes ex­periencia de cuáles son los parámetros de la parábola sexual, dónde están los límites y dónde las fronteras. Seré curioso. ¿En alguna ocasión reservaste un silen­cio para rememorar nuestra antigua amalgama, que lamentablemente, todavía no sé bien por qué (y aquí viene bien la nomenclatura futbolística), perdió el in­victo? Pasará el tiempo. En el futuro habrá otras pri­maveras, otras golondrinas reanudarán su vértigo, pero yo soy tozudo en mis evocaciones y puedo asegu­rarte que no te olvidaré. Tengo ganas de mandarte un abrazo. Pero no te lo mando, de bueno que soy, sólo para que no tengas problemas si te pillan esta epístola a los tesalonicenses.
Querida Andrea:
No te alarmes. Esta carta sólo será un parte de via­je. Hace cuatro días que llegué a París, movido por asuntos profesionales. Agosto no es el mejor mes para apreciar monumentos. Tampoco para reencon­trar a alguno que otro amigo parisiense. ¿Te acordás de Claude Moreau? No bien llegué, llamé a su telé­fono. Me atendió su nuera. «¿Claude? Murió en no­viembre.» Balbuceé un breve pésame y me metí en el café de la Paix, donde tantas veces nos habíamos en­contrado. Recuerdo que aun la última vez que estuve con él no había asimilado su viudez. Tenía dos hijos, que lo cuidaban y casi lo mimaban, pero no era lo mismo. Años atrás yo había conocido a Angelines, una asturiana que escribía cuentos, por cierto bas­tante buenos, y realmente era muy querible. ¿Te acordás de Odile? Bueno, se casó con un nigeriano bien oscurito y se fueron a vivir a Canadá. Al pare­cer, ambos se han especializado en informática, y es­tán trabajando y ganando bien. Me chimentan, ade­más, que Odile está embarazada y que ambos hacen conjeturas, con explicable curiosidad, sobre cuál será el color del primogénito.
Ah, como corresponde, estuve en el Louvre ¿y sa­bes con qué me encontré? Con que la sonrisa de la Gioconda es igualita a la tuya. Al menos, a la que desplegabas en épocas idílicas.
Me parece sensato que me hayas enviado el número de tu casilla de correo. De todos modos, el tema de la carta de hoy no iba a despertar ninguna suspicacia. ¿Sabes por qué? Porque me casé. Sí, aunque te cues­te creerlo, yo también he desembocado en mis se­gundas nupcias. Así que, por las dudas, te mando aquí mi número de casilla: 14043.
Ahora bien, hoy me he dado cuenta de que hace casi un año que no te escribo. Te aseguro que la de­mora no tiene que ver con mi nuevo estado. Simple­mente, se me fueron acumulando las tareas y los problemas. Y no sólo no te he escrito a vos, sino tampoco a ninguno de mis habituales interlocutores postales.
Mi despacho de abogado se ha llenado de papeles, documentos, comprobantes burocráticos, copias fotostáticas, códigos y otras menudencias.
Me he pasado la vida en juzgados, palacios de justi­cia, tribunales, audiencias, etcétera. También la boda me ha reducido el tiempo disponible. Conseguir una vivienda más adecuada, familiarizarme con mis nue­vos suegros y sus manías, repartirnos con Patricia, mi nueva mujer, las responsabilidades cotidianas, todo ello me ha hecho trasnochar y hasta provocado in­somnios, calamidad esta que nunca antes había padecido.
Patricia es tolerante y afectuosa. Es un vínculo bastante distinto del que mantuve contigo. Menos apasionado, más tranquilo y estable, y sin embargo llevadero. Te diré cómo la conocí. Un viernes apare­ció en mi despacho (ella también es abogada) acom­pañada de un veterano cargado de problemas: fami­liares, comerciales, inmobiliarios, administrativos. Eran tantos y aparentemente tan complejos, que les pedí me dejaran todo aquel papeleo para estudiarlo con la debida atención y que volvieran a verme den­tro de una semana. Aquel lío era impresionante pero no de difícil solución, de manera que el viernes siguiente, cuando volvió Patricia, sola, sin su cliente, le expuse mi opinión y ella quedó asombrada. Quizá por ello simpatizamos y quedamos en almorzar el próximo martes. Fue el primero de una serie de al­muerzos y cenas y todo siguió su curso.
La verdad es que yo ya estaba un poco aburrido de mi vida de asceta, sobre todo considerando que, como vos bien sabes, nunca tuve vocación de misán­tropo. Ella también estaba disponible. Era soltera y el exceso de trabajo profesional no le impedía apre­ciar que los años iban pasando con su ritmo inexora­ble. O sea: que tal para cual. Ya llevamos cinco meses de convivencia y aparentemente todo va bien. El mes pasado nos tomamos quince días de vacaciones y nos fuimos a Piriápolis, donde casi te diría que em­pezamos verdaderamente a conocernos, a ponernos al día con nuestras respectivas biografías (por las du­das no le conté la etapa nuestra), que por cierto no eran demasiado espectaculares. Así pues, ésta es la historia. La verdad es que me siento bien. El tiempo sigue pasando y no hay pesadumbre ni tortura. Ojalá que a vos también te rueden bien las cosas. Cuando puedas, mándame noticias. Como ésta va a la casilla de correos, ahora sí te puedo enviar un abrazo, con viejo y nuevo afecto.
Querida Andrea:                    
No sé por qué, pero hoy me dio por extrañarte; por echar de menos tu presencia. Será tal vez porque el primer amor le deja a uno más huellas que ningún otro. Lo cierto es que estaba en la cama, junto a Pa­tricia plácidamente dormida, y de pronto rememoré otra noche del pasado, junto a vos, plácidamente dormida, y sentí una aguda nostalgia de aquel sosie­go de anteayer. Alguien dijo que el olvido está lleno de memoria, pero también es cierto que la memoria no se rinde. Dos por tres suenan como campanitas en el ritmo cardíaco y una escena se hace presente en la conciencia como en una pantalla de televisión. Y aquel cuerpo que las manos casi habían olvidado vuelve a surgir como un destello hasta que otra vez suenan las campanitas y el destello se apaga. ¿Te ocurre a veces algo así? ¿O será que me estoy vol­viendo un poco loco? Puede ser. Mientras tanto este probable loco te envía un invulnerable abrazo.
Querida Andrea:
Antes que nada, eufórico como estoy, me siento obligado a transcribir tu cartita:
«Yo también estoy loca. Yo también sueño contigo, dormida y despierta. Yo también oigo campanitas. Yo también añoro, no sólo tus manos en mi cuerpo, sino también mis manos en el tuyo. No voy a dejar a mi ma­rido, porque es bueno y lo quiero, pero quiero encontrar­me contigo con o sin campanitas, pero estar contigo. ¿Puede ser?»
Es claro que puede ser, mujer primera. Tampoco pienso dejar a Patricia, la verdad es que la quiero. Pero la otra poderosa verdad es que necesito estar contigo. Tengo la impresión de que vos y yo, que no funcionamos demasiado bien como marido y mujer, sí funcionaremos espléndidamente como amantes. ¿Recordás aquello de «fiel pero no fanático»? Hasta el viernes, muchacha, en el café de siempre.

Entradas populares de este blog

Para Omaira

ENAMÓRATE DE UN HOMBRE DE VERDAD