EL HALLAZGO

Genaro y Fermín se conocían desde los años escola­res y, ahora, ya cuarentones, tenían el hábito de jun­tarse los sábados de tarde en la modesta cafetería Horizonte, que quedaba frente al parque.
Hablaban de recuerdos de infancia, de viejas pelí­culas recién repuestas, de libros que leían e inter­cambiaban, y a veces de temas que consideraban existenciales, por ejemplo el suicidio.
-Yo creo que nunca me suicidaría -dijo Genaro tras desperezarse con ganas-. ¿Para qué? Él final lle­ga sin que uno lo convoque, ¿no te parece?
-Yo, en cambio -dijo Fermín-, no me atrevería a descartarlo tan radicalmente.
-Pero ¿con qué motivo? ¿Angustia? ¿Miseria económica? ¿Enfermedad? ¿Desengaño amo­roso?
-Nada de eso. Si en alguna tarde neblinosa, sin estruendo y sin ángelus, tomara esa decisión, sería simplemente por curiosidad. Para saber qué hay des­pués. Puede que sea fascinante.
-Si es que hay algo.
-Mirá, por las dudas te aviso. Si alguna vez deci­diera forzar el fin, y como resultado hallara algo, simplemente algo, la señal sería que, aunque no fue­se otoño, empezaran a caer las hojas secas.
-¿Y eso?
-Lo soñé.
-Menos mal. Pensé que se te había aflojado algún tornillo.
Esa conversación tuvo lugar el último sábado de noviembre. El primer sábado del siguiente febrero, Genaro y Fermín concurrieron como siempre a la cafetería Horizonte.
Mantuvieron un largo silencio. Parecía que ya ha­bían agotado todos los temas disponibles.
Fermín terminó su café y estuvo un buen rato masticando el aire.
De pronto se levantó, le dedicó a Genaro una mi­rada de afecto y dijo: «Chau».
Genaro lo vio alejarse hacia el bosque de pinos. Luego lo perdió de vista.
Media hora después, el disparo sonó rotundo y sin ecos. Tras el primer sobresalto y sin haberse repuesto aún de la sorpresa, Genaro advirtió que, en pleno ve­rano, una bandada de hojas secas empezaba a caer sobre su mesa.

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