EL IDILIO DEL ODIO

Ése es el título de la pieza teatral del norteamericano Norman Suderland, que llegó a Buenos Aires pre­cedida de un éxito clamoroso en Estados Unidos y en Europa. Tiene sólo dos personajes, Dick y Bob, cuya relación se desarrolla en cinco partes. No actos sino partes, aclara siempre el autor no se sabe bien por qué.
El comienzo informa de una amistad entrañable, que se remonta a los años de escuela. En el correr de los actos, o partes (en realidad, años), van compare­ciendo hechos, o simples rencillas, o enfrentamientos ideológicos, o diferencias políticas, todo lo cual va enrareciendo el antiguo vínculo. El último episo­dio alcanza un clima tan violento que, en un estallido de odio compartido, Dick mata a Bob, en realidad lo estrangula, segundos antes de que baje el telón.
A tal punto el desenlace es convincente, que cuan­do el telón vuelve a alzarse y Dick y Bob saludan, to­mados de las manos, al público le cuesta un poco asumir aquel cambio, aunque un minuto después prorrumpa en una ovación que dura un buen rato y provoca nuevas salidas de los protagonistas. Tam­bién en Buenos Aires el espectáculo conquistó al público y a la crítica. Los cronistas teatrales encomia­ron la puesta en escena de Medardo Aguirre y destacaron especialmente las interpretaciones de Asdrúbal Montes (Bob) y Manuel Escalada (Dick).
La noche en que cumplieron cincuenta funciones, y tras las ovaciones que esta vez habían sido, con motivo de las cincuenta, más entusiastas que de cos­tumbre, Escalada tomó del brazo al director y le dijo que quería hablar con él a solas.
-¿Qué pasa? -preguntó Aguirre al advertir el ges­to grave del actor.
-Oh, nada serio. Simplemente que a partir de la próxima función no seré Dick.
A Aguirre la noticia lo tomó tan de sorpresa que dio un respingo.
-¿Y eso? ¿Querés un aumento? ¿Te aburriste del texto? ¿Se enfermó tu madre?
-No. Ya te explico. ¿Viste que la crítica basa sobre todo sus elogios en que Asdrúbal y yo nos hemos compenetrado con los papeles de Bob y Dick? Es ab­solutamente cierto. El problema que enfrento es que me he compenetrado tanto con el papel de Dick, que cada noche siento más odio hacia el papel de Bob. Entendelo bien: no hacia Asdrúbal, que es mi amigo, sino hacia el personaje que interpreta. Mi asunción de Dick es tan intensa, que cada noche siento que es­toy al borde de estrangular de veras a Bob, o sea a As­drúbal. Sin ir más lejos, tengo la impresión de esta misma noche tan especial. Sólo aflojé la presión de mis manos como garras cuando advertí en la mirada de Asdrúbal un principio de angustia.
-¿Y qué me propones? ¿Vas a ser responsable de una bajada de escena en pleno éxito?
-No. Ya lo he pensado. Podemos tomarnos una tregua de tres o cuatro días y luego volver con un cambio importante: que Asdrúbal haga de Dick y yo de Bob. Y te propongo esto porque estoy seguro de que Asdrúbal no me estrangularía.
-Bueno -dijo Aguirre después de un silencio-. Por lo menos estaremos en escena por cincuenta funciones más. Eso sí, cuídate y cuida tu cogote. Por lo que veo, Dick es un personaje muy invasor.

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