EN FAMILIA
Asdrúbal nunca tuvo novia ni esposa ni compañera estable. No las tuvo porque en su corazón no cabían dos imágenes de mujer. Y él, desde la adolescencia, había estado enamorado de Inés. El problema consistía en que Inés era la mujer de Eduardo Sienra, su amigo del alma. Asdrúbal jamás le había dado a Inés el menor indicio de sus sentimientos. Simplemente se había integrado al clan de los Sienra (en el que también figuraba Andrés, hermano menor de Eduardo).
Una vez por semana, por lo general los sábados, se reunían para almorzar en un casi silvestre restaurante de la costa. Allí imperaba el buen humor, la puesta al día de los chismes políticos de la semana, el recuento de lo que cada uno estaba haciendo: Eduardo era abogado; Andrés, editor; Inés, acuarelista; Asdrúbal, profesor universitario. De los cuatro, Andrés era el único que no siempre concurría. Los compromisos editoriales, los congresos internacionales, lo llevaban a menudo al exterior.
Mientras tanto, Asdrúbal sufría. Inés estaba cada vez más apetecible, más candida, más seductora. Las abiertas sonrisas que solía dedicar a Asdrúbal, éste las iba archivando en el cofre de su memoria, pero a él no se le escapaba que, con sonrisa o sin ella, quien noche a noche la tenía en su cama era Eduardo el afortunado.
Pero además, Asdrúbal soñaba pormenorizadamente con Inés. Ella era la dueña de sus insomnios y sus duermevelas. «No puedo seguir así, lamiendo un imposible.» Y ahí fue cuando sonó el teléfono. De inmediato reconoció la voz temblorosa de la secretaria de Eduardo: «Malas noticias, don Asdrúbal. El doctor Eduardo falleció esta mañana de un paro cardíaco».
La conmoción fue tremenda. Eduardo sólo tenía cuarenta y dos años. Asdrúbal salió poco menos que corriendo hacia el piso de los Sienra. Inés estuvo llorando, larga y conmovedoramente, abrazada a Asdrúbal. Ni siquiera estaba Andrés, que asistía a la Feria de Frankfurt.
-Eramos felices -balbuceó Inés, con un tono de diagnóstico forzoso, inapelable.
Tras el velatorio y el sepelio, Asdrúbal volvió a su casa, todavía acongojado. Sin embargo, cuando se sirvió un whisky y se acomodó en la mecedora que era como su hogar, en el largo vaso de Bohemia surgió un extraño reflejo, y él lo interpretó como una señal, como un anuncio. Y ya que estaba solo, lo transformó en palabras.
-Ahora Inés está libre.
El pecho se le llenó de un júbilo y una ternura egoístas.
Dejó pasar unos días antes de llamar nuevamente a Inés, pero cuando por fin se decidió, ella se había ido a Salto, donde vivía su madre.
Pasaron seis meses antes de que la viuda regresara. Fue entonces que Asdrúbal se hizo de coraje y resolvió tender su red de seducción.
Inés lo recibió con los brazos abiertos, cariñosa como de costumbre. Dijo que se había quedado más tiempo en Salto para acompañar a su madre, para quien la muerte de Eduardo también había representado un rudo golpe. Habló largamente del sosiego del paisaje salteño, de los atardeceres junto al río, del talante tranquilo y afectuoso de la gente pueblerina.
Se produjo un silencio más o menos estéril, y precisamente cuando Asdrúbal iba a empezar a hablar de un futuro compartido, ella esbozó su sonrisa de siempre antes de decir:
-¡Qué suerte que viniste! Justamente hoy te iba a mandar la invitación. No sé si sabes que el mes que viene me caso con Andrés, mi cuñado. Una suerte de continuidad familiar, ¿no te parece? Además, Andrés y yo estuvimos de acuerdo en pedirte que seas el padrino de boda.