LA TRISTEZA (CUENTO)

Para el bueno de Emiliano, el gran enigma de sus treinta y cinco años era la tristeza. En su trayectoria, normal, sin sobresaltos, no encontraba motivos para ese estado de ánimo. Aplicado alumno en Primaria, buen estudiante en Secundaria, título de abogado sin perder ni un examen, asesor bancario. Nunca se desta­có como mujeriego, pero sus diez años de relación con una compañera tierna y comprensiva lo dejaban más que conforme. No había sido propenso a las rabietas ni a las depresiones y ni siquiera al consuelo religioso. La tristeza, calma pero estable, lo acompañaba hasta en los sueños. Nunca lo habían asaltado euforias oníricas. Dormirse o despertarse era reincorporarse a su perso­nal estilo de grisura. Comprendía que su tristeza era gratuita, pero no conseguía superarla.
No obstante, un día experimentó una extraña mu­tación. Todo empezó con un dolor intermitente en el costado, a la altura del páncreas, y como iba en au­mento, él, que nunca iba al médico, decidió consul­tar a uno que le inspiraba confianza, entre otras cosas porque había sido su compañero de liceo.
Después de las salutaciones y los cumplidos del reencuentro, el doctor Suárez lo examinó durante casi una hora. Por fin se recostó en su butaca profe­sional, y Emiliano advirtió que su expresión no era demasiado estimulante.
-Todavía es prematuro para diagnosticar nada –le dijo-; vamos a practicar todos los exámenes y pruebas que sean necesarios, pero desde ya me atrevo a anun­ciarte que puede tratarse de algo serio, bastante serio.
-¿Serio como qué? -preguntó Emiliano.
-Voy a serte franco: serio como un tumor malig­no. Pero todavía no te alarmes. Hay que esperar. Y cuando estén los resultados, ya veremos qué deci­sión tomamos.
Durante tres o cuatro días, Emiliano concurrió a laboratorios y clínicas para someterse a exámenes, ra­diografías, tomografías, etcétera. Antes de conocerse los resultados se produjo una inesperada novedad. Por primera vez en su vida gris, Emiliano fue invadi­do por la alegría. Sintió que la cercanía de la muerte era una reivindicación y confirmación de la vida. Du­rante los días de una espera que para cualquiera ha­bría sido angustiosa, la compañera y los amigos de Emiliano asistieron a sus risas, a rasgos de humor inesperados.
Cuando llegó el día de visitar nuevamente a su amigo médico, éste lo recibió con un abrazo.
-Enhorabuena, Emiliano. No me avergüenzo de confesarte que en mi pronóstico profesional estuve totalmente errado. Estás saludable como un roble; por supuesto, como un roble sano. Tengo la impre­sión de que vas a vivir por lo menos hasta los noven­ta. No sabes cómo me alegro de haberme equivoca­do. Felicitaciones y otro abrazo.
Emiliano le agradeció al amigo su bien fundado optimismo y salió a la calle algo desorientado.
Sólo cuando estaba llegando a su casa se dio cuen­ta de que otra vez lo había invadido la tristeza.

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