OMBLIGOS

Tomás la había conocido en uno de esos atardeceres de verano en que las muchachas van de shorts o de bikini y los ombligos se convierten en faros de las ex­pectativas masculinas. Veinte o treinta años atrás los hombres eran atraídos por ojos verdes, grises o celes­tes, por pechos ocultos que dejaban imaginar esplén­didos pezones o tobillos vírgenes que invitaban a ca­ricias con seguimiento. Eso era antes, pero ahora en el cuerpo femenino no hay centímetro (o centíme­tros) más seductor (o seductores) que el (o los) del ombligo. Las muchachas son conscientes de esa ma­gia y cuidan sus ombligos como antes cuidaban sus labios. A veces hasta los adornan con chafalonías que despiden inquietantes destellos.
Hay que reconocer que cuando Tomás inició la conversación no había ombligo a la vista. Le pregun­tó si estaba cómoda en aquel asiento de ferrocarril. A ella le agradó que él la tuteara y le devolvió el tra­tamiento con calculada cortesía. Sí, estaba cómoda, bastante más cómoda que cuando hacía el mismo trayecto en autobús.
El decidió comenzar con temas poco comprome­tedores y eligió la literatura. En los últimos meses había leído a Raymond Chandler y a Juan Rulfo y dejó caer algún comentario alusivo, pero se encontró con que ella sabía bastante más que él en ese campo y sus alrededores. Discutieron con ganas y en uno de esos avatares él le tomó una mano y ella lo dejó ha­cer. Cuando pasaron a la novela erótica, los detalles los acercaron más aún, y cuando por fin llegaron a la estación en que ambos descendían, él ya le había pa­sado el brazo por la cintura y, como era previsible, la invitó a cenar.
Más previsible aún fue que ambos se alojaran en el mismo hotel (habitación 18) y tras el segundo o tercer abrazo la noche no presentó mayores dudas. Ya casi desnudos, él se situó en las corrientes de este siglo y se animó a preguntar si podía verle el ombligo. Ella sol­tó la risa. No, no podía verlo, sencillamente porque no tenía. A él se le aflojó la erección y ella se sintió en el deber de explicarle. Tres años atrás había tenido un accidente bastante serio, tuvieron que operarla «y esos desgraciados me dejaron sin ombligo. Esa parte la tengo lisita como una nalga o como una pantorrilla». Cuando ella se desnudó totalmente, él llevó su mano a la zona en conflicto. Lisa, completamente lisa. Qué contradicción, pensó Tomás con amargura: rostro hermoso, ojos expresivos, pechos turgentes, piernas bien torneadas. Y sin ombligo. Lentamente retiró la mano, confirmando ante sí mismo que del cuerpo fe­menino lo que más le atraía era el ombligo.
Contempló a la mujer desnuda y la mirada fue so­bre todo de piedad. Sintió que se había puesto pálido y desconcertado. Ella, sin perder la calma, dijo: «No seas bobo. No lo tomes así. Ya estoy acostumbrada. Es la cuarta vez que me ocurre. Te confieso que la única vez que llegué a algo fue con un señor que, ca­sualmente, tampoco tenía ombligo».

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