OTRAS ALEGRÍAS

El veterano Amílcar Ponce, novelista de fuste, con varios y relevantes premios a cuestas, nunca fue muy proclive a evocar, y mucho menos a transmitir, epi­sodios de su pasado. Esta vez, sin embargo, se había mostrado más comunicativo. Él mismo se pregunta­ba por qué. Tal vez porque se veía muy poco con sus nietos y en esta ocasión, cosa extraña, estaban los tres juntos: Felipe, veinticuatro años, abogado; Mar­cela, veintidós años, psicóloga; Horacio, veinte años, músico.
Marcela abrió el fuego.
-Dicen que los viejos recuerdan mejor los días le­janos que los cercanos. ¿A vos te sucede eso?
-No sé qué ocurre con los viejos, pero en los mu­chachos de setenta y ocho años, como el suscrito, la memoria se vuelve más nítida en la lejanía.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, mi primera escapada, que fue un verdadero cóctel de gozo y de miedo.:
-¿Qué edad tenías? -preguntó Felipe.
-Once quizás. En esa época vivíamos en el cami­no Garzón, a la altura de Casavalle. Empecé a ca­minar a las nueve de la mañana y a las once seguía caminando. Llegué a Colón, bastante agotado, y me quedé un rato sentado en la estación del ferrocarril, mirando las llegadas y las partidas de los trenes. La caminata me había despertado el apetito. Por fortuna pude conseguir un refuerzo de jamón y queso. Luego me fui internando por los caminos que queda­ban detrás de la estación, o sea el lado pobre, casi mi­serable. Las casas más o menos suntuosas quedaban del otro lado. Por donde yo andaba no había líneas de teléfono. Eso me preocupó porque me habría gustado llamar a casa, pensando que la vieja, o sea vuestra bisabuela, a esa altura ya se estaría preocu­pando. Al pasar frente a una casita que era casi un rancho, con un techo de chapas de zinc, un tipo alto y flaco se me acercó. Vos no sos de aquí, dijo. A du­ras penas balbuceé: No. ¿Y qué haces por este barrio? Nada. Me preguntó dónde vivía y se lo dije. ¿Viniste con permiso? No. ¿Sabes lo inquietos que deben es­tar tus viejos? Puede ser. Me tomó de un brazo, sin violencia, y así llegamos a una moto con sidecar, algo estropeada pero que aún funcionaba. Me ubicó en el asiento lateral y así arrancamos por Garzón hasta lle­gar a mi casa, esquina Casavalle. Le pedí que me de­jara allí. Creo que le dije gracias. El hombre me son­rió, me tocó la cabeza, esperó que yo abriera la puerta del jardincito y sólo entonces arrancó de nue­vo. Fue ahí que apareció mi madre y me preguntó dónde me había metido: hace como media hora que te estoy llamando, la comida está pronta y tu padre tiene que salir. O sea que mi modesta aventura no había provocado angustias. Todavía hoy recuerdo que me asaltó una mezcla de alegría y decepción. Alegría porque estaba de nuevo en casa. Decepción porque no me habían echado de menos.
Horacio consideró que era su turno.
-¿Te acordás, abuelo, de tu primer amorato?
-Sí, claro. Tendría unos diecisiete años. Había un vecino cuarentón, arquitecto, que tenía una mujercita veinteañera y encantadora. Iba a menudo a visitar­los, pero sobre todo para disfrutar de esa linda presencia. Una tarde que estaba con ellos, el arquitecto recibió la visita de un empresario que quería encar­garle una obra importante. Hice ademán de retirar­me, pero ella me hizo una seña casi imperceptible, indicándome la ruta de la cocina. Allí me senté, lleno de expectativas. Ella sirvió café para su marido y el otro, que se habían instalado en el estudio. Luego vino a mi encuentro. Sin decir palabra me abrazó y ante esa tácita autorización la besé siete u ocho ve­ces. Nada más. Toda una alegría.
-¿Y no sentiste ningún escrúpulo -inquirió Mar­cela- al besarla siete u ocho veces sabiendo que la muchacha era casada y el marido estaba allí nomás, pared de por medio?
-No, y ¿sabes por qué no? Porque yo a esa altura ya sabía que el arquitecto, todos los viernes, concu­rría a un apartamentito de Pocitos, donde fornicaba puntualmente con una mulata, bastante apetitosa, que era modelo de pasarela.
Felipe cerró el interrogatorio.
-¿Y alguna alegría relacionada con tu condición de literato renombrado? De adulto, claro.
-Digamos a mis cincuenta. Había despedido en el puerto a mi editor español y volvía a mi casa, en un taxi, un poco distraído, reflexionando sobre una mo­dificación del contrato que ese señor acababa de proponerme. El chofer manejaba con prudencia, pero exactamente frente a la antigua Casa de Gobierno, en la plaza Independencia, el taxi que lo precedía fre­nó de golpe, y aunque el mío, tomado de sorpresa, también frenó, el choque fue inevitable, originándo­se las correspondientes abolladuras. Éstas incluyeron a mi inocente rostro, que, debido al impacto, se había estrellado contra un fierro cualquiera. El dolor no fue considerable, pero mi nariz empezó a sangrar. Los dos choferes no prestaron la menor atención a mi percance particular y aun cuando se hizo presente un policía de uniforme, ellos seguían discutiendo a los gritos. También se acercaron tres señoras, alarmadas al verme sangrar, y una dijo, con una voz muy aguda: «Hay que llamar a una ambulancia». Y la segunda agregó, asombrada: «Pero este señor es alguien muy conocido, a menudo aparece en la prensa y en la tele­visión». «Es cierto», dijo la tercera, «ah, pero cómo se llama.» También ellas se habían olvidado de la am­bulancia. Entonces se acercó el policía y con una mueca burlona, decretó: «Pero señoras, ¿no se dan cuenta de que es el novelista Amílcar Ponce, el famo­so autor de Nadie, nada y nunca?». Las buenas seño­ras enrojecieron de súbita y merecida vergüenza, y yo, a pesar de la sangre que manaba de mi nariz, más pugilística que cleopátrica, me sentí invadido por una alegría rigurosamente profesional.
-Bravissimo -dijo Horacio a media risa.
-Nada de bravissimo -dijo Marcela, conmovida, mientras se enjugaba un lagrimón de rimmel.
-Abuelo -dijo Felipe en pleno abrazo-, te aseguro que el trastazo te dejó la nariz mejor que la del Papa.

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