PRETÉRITO IMPERFECTO

Joaquín se encontró con que el bar Amanecer no ha­bía cambiado. Con un frente tan destartalado como veinte años atrás, ni siquiera le habían borrado un símbolo anarquista y dos diseños pornográficos que él había fotografiado in illo tempore. Entró con pre­cauciones, el ánimo dispuesto a reencontrarse con un don Basilio envejecido y más gruñón que antaño. Pero detrás de la barra sólo había un muchacho más bien alto, de ojos inquisidores, que lavaba con esme­ro platos, vasos y pocilios. Pidió una cerveza y cuan­do la tuvo frente a él preguntó por don Basilio.
-¿Don Basilio? Hace tiempo que murió. Casi se atragantó con la cerveza, pero alcanzó a preguntar:
-¿Hace qué tiempo?
-Seis o siete años.
Joaquín buscó una mesa para sentarse a digerir la noticia. En aquellos años don Basilio había sido una figura fundamental en un pueblo tan aislado, de dos mil habitantes.
De pronto distinguió que en el otro extremo del bar había una mesa ocupada. Un veterano, con barba canosa, un bolso y bastón, le hizo un vago saludo. Luego se levantó y se acercó renqueando.
-¿No te acordás de mí? Soy Felisberto, el de la flauta.
A Joaquín le trajo más recuerdos la flauta que la barba. Le tendió una mano y le ayudó a sentarse jun­to a él.
-Lo que pasa es que estás algo cambiado.
-¿Y quién no? Los años no vienen solos. Vos tam­poco sos el mismo. ¿A qué viniste?
-No sé. De pronto me vinieron ganas de revisar el pasado, de recorrer estas calles, de pisar sus adoqui­nes, de reencontrarme con la vieja gente. Con la sa­lud me llevo bastante bien, pero la soledad a veces me cansa. Y vos ¿qué tal?
-Hace tres años que me jubilé de la banda. No soy viudo pero casi. Mi mujer tiene Alzheimer. Tengo dos hijos, pero es como si no los tuviera: uno ejerce de químico en Montreal, el otro de in­geniero en Sidney. Dos o tres cartas al año, fotos de las nietas preciosas, recortes que documentan un doctorado honoris causa. No está mal, ¿verdad? Pero mi vida actual consiste en mirar atentamente las paredes de mi cuarto y concurrir de vez en cuando a este bar.
-No sé si te acordás, pero yo tuve aquí una novia.
-Claro que me acuerdo. Angélica.
-¿Sigue aquí?
-No. Se fue muy joven, trabajó un tiempo de mo­delo. Después tengo entendido que se metió a monja.
-¿A monja? No puede ser. Te puedo asegurar que no tenía ninguna vocación religiosa.
-Bah. Esa enfermedad es como un infarto: te ata­ca sin previo aviso.
-¿Y tus compañeros de la banda municipal?
-El clarinete, el oboe, el corno y el fagot se fueron hace dos o tres años y tengo entendido que integran
otra banda en una provincia argentina. El saxofonista quedó frito una tarde mientras se esmeraba en un solo bajo la lluvia. O sea que sólo quedamos yo y mi flauta. A veces subo a la azotea y toco un rato, pero debo suspender por dos razones: una, que la flauta suena desconsolada y me pone triste, y otra, que los vecinos se quejan porque, según ellos, desafino. Tal vez tengan razón, pero antes no desafinaba. Es posi­ble que se deba a que estoy un poco sordo.
-Venía con la intención de recorrer el pueblo, ver cómo está la plaza.
-¿La placita? El último huracán la dejó sin pinos.
-Encontrarme con gente de mi generación, con sus hijos.
-Pssst.
-¿Qué quiere decir pssst?
-Soplido escéptico.
-No me digas que no queda nadie. Un folleto dice que aquí viven dos mil.
-En realidad, dos mil ocho.
-Qué precisión.
-No es mía sino de la computadora. Sí, más o me­nos son ésos. Es gente que vino de otras zonas, inmi­grantes indocumentados, vendedores ambulantes. Jó­venes, ni lo sueñes. Aquí vivió durante varios años un poeta, Rosendo Araújo, que por cierto era bastante bueno. Él proponía que le cambiáramos el nombre al pueblo: no más San Lucas sino Vetustia. No, no te aconsejo que emprendas tu proyectada recorrida. Me­jor quédate con la vieja imagen.
Por un rato se quedaron en silencio. Tampoco Joa­quín sabía qué decir.
De pronto Felisberto abrió su bolso y extrajo la flauta. Su risa algo cascada sonó como una tardía re­cuperación.
-Si querés, toco un poco la flauta. Digamos Vivaldi, Mozart, son adaptaciones mías. En homenaje a tu regreso sentimental, te prometo no desafinar.

Entradas populares de este blog

Para Omaira

ENAMÓRATE DE UN HOMBRE DE VERDAD