REENCUENTRO

Para Medardo Soria fue una linda sorpresa que cua­tro de sus viejos amigos quisieran encontrarse con él. Hacía tiempo que les había perdido la pista, y lo la­mentaba porque tenían muchos recuerdos en co­mún, buenos y no tan buenos, pero que de todos modos significaban un enlace de las respectivas ju­ventudes. Llegó con su habitual puntualidad al café Prometeo, pero ellos lo habían precedido. Allá esta­ban, en la mesa de un reservado, y desde lejos le ha­cían señas.
Lo primero fueron los abrazos y los reconoci­mientos físicos. «Gabriel, estás gordito.» «Bah, des­pués de los cincuenta, la barriga es un signo de expe­riencia y sabiduría.» «En cambio vos, Felipe, estás más flaco que un ciclista del Tour de France.» «¿No sabías que la flacura es salud?» «Mariano, ¿lo tuyo son canas auténticas o peluca importada?» «Canas más genuinas que las del Papa.» «Juan Pedro, ¿cómo has conservado tus manos de pianista?» «A mi ama­do Pleyel tuve que pignorarlo.» Y un casi coro de los cuatro: «¿Cómo haces, Medardo Soria, para conser­varte tan garufa?». «Miren, no les enumero mis achaques, menores, medianos y mayores, para no in­troducir la tristeza como convidado de piedra de este lindo encuentro. Mejor, cuéntenme qué pasó con sus vidas desde que nos dispersamos por el ancho mundo.»
«Bueno, yo», empezó Mariano, me radiqué en el campo. No era mío, sino de mi tío, pero al poco tiempo se murió y me quedé con la tierra y las ovejas. Les confieso que lo único lindo de esos latifundios son los atardeceres, cuando el sol se va haciendo el distraído y de pronto nos deja a solas con las penas. El resto es tedio. Nunca me he aburrido tanto como contando ovejas. Debe ser, después de los mendigos, el animal menos entretenido. Al final conseguí un perro, Verdugo, que durante un tiempo me acompa­ñó con lealtad y hasta con cariño, pero también él se hastió de las ovejas y de los atardeceres. Una tarde prorrumpió en dos ladridos con carraspera y estiró la pata, o mejor las patas. Cuando acudí a mirarlo, el pobre Verdugo ya. tenía cara de oveja.»
«Yo me fui al Norte», intervino Felipe. «¿A Rive­ra?» «No, a Miami. El incentivo es que allí había mu­chos que hablaban español. Cubanos, claro. También llamados gusanos. Nunca me admitieron. A los yan­quis les dan coba, les lamen el culo, los estafan cuan­do pueden, pero a los otros latinoamericanos los mi­ran con resquemor, con miedo de que los desbanquen en el amparo norteamericano. En cierto modo justi­fiqué sus aprensiones, ya que la única ciudadana que atendió por un tiempo mis menesteres eróticos, y lo hizo con gusto y sin mayores exigencias, fue una oriunda de Nashville, que tampoco se llevaba bien con la cubanía invasora. Tras un semestre de disfru­tarnos, llegué a la conclusión de que lo mejor era vol­ver al pago. Nos despedimos sin rencor, intercambia­mos nuestras señas, pero la verdad es que nunca nos volvimos a buscar.»
Gabriel pidió la palabra y se la concedieron, pero se quedó varios minutos en silencio. «Es que no sé por dónde empezar. No sé si se acuerdan de que yo era huérfano. Así y todo, me las arreglé. Estudié Arquitectura y casi la terminé. Me quedaron colgadas tres materias. Las di dos veces y me bocharon ídem. Sin pensarlo demasiado, abandoné aquel barco y empecé mi vida de náufrago terrestre. Así hasta que pude comprarme un taxi y después otro y después otro. Los taxis han sido la razón de mi puta vida. Debo añadir que me casé tres veces, una por cada taxi. Todo un surtido. La primera, rubia; la segunda, morocha; la tercera, definitivamente negra. Aunque les parezca mentira, la más oscurita fue la mejor, pero tuve la mala suerte de que se me muriera en ple­no orgasmo. O sea que quedé viudo para los faméli­cos sobrantes. Se me ocurrió escribir una autobio­grafía, pero a las setenta y tres páginas advertí que aquel engendro no iba a interesar a nadie. Ni siquie­ra a mí. Fue cuando vendí el último taxi y alquilé un apartamentito casi enano, pero con un amplio venta­nal desde donde dialogaba con la luna. Cuando no la tapaban las nubes, of course. Y llegué a la conclusión de que la luna era mi cuarto y definitivo amor.»
Le tocó el último turno a Juan Pedro, el pianista. «Viví con la música, para la música y de la música. Más de una vez fui solista en algún concierto para piano y orquesta. Digamos más bien para piano y or-questita. Pero cuando el rock y otros desafinados in­vadieron la radio, los anfiteatros, la televisión y las discotecas, no tuve más remedio que apuntarme en el paro. Durante un tiempo sobreviví gracias a la venta del piano, cuyo producto, como era un Pleyel, me alcanzó para desenvolverme durante un año, cin­co meses y nueve días. ¿Y luego? Bueno, luego con­seguí un carrito bastante presentable y me dediqué a recoger basura en barrios de pro. Es otra música, pero bah.»
A esta altura, a Medardo Soria le pareció advertir que los cuatro viejos y queridos amigos lo observa­ban con una mirada que era en todos la misma. Los ocho ojos eran de pronto negros, rigurosos, lejanos.
Mariano habló en nombre de los cuatro: «Medar­do, ha llegado el momento de ponerte al día. Noso­tros hace tiempo que estamos muertos. El Más Allá es repetido, soporífero, insulso. Por eso resolvimos venir a verte y contarte nuestras historias. Por favor, no pongas esa cara de pasmado. No somos fantas­mas. Somos muertos».
Medardo no pudo con su propio estupor. Se sintió desfallecer y que empezaba a derrumbarse. Y se de­rrumbó. La siguiente visión fue que los cuatro queri­dos finados lo recibían con los brazos abiertos.

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