SOBRE PECADOS

Pecar tiene casi siempre un atractivo inesperado. Por ejemplo, ¿hay algo más entretenido que el adulterio?
Así especulaba Hermógenes Castillo en su ilumi­nado despacho de director de empresas. Eran las once de la mañana. Por el amplio ventanal entraba un sol espléndido y no tenía sobre la mesa ninguna iniciativa que reclamase con urgencia su decisiva opi­nión. A los diez años de casados no se llevaba mal con su mujer, que era guapa, inteligente y eficaz (pujante secretaria de un holding de modas). No obstante, a él siempre le había gustado coleccionar breves infideli­dades, que normalmente sólo abarcaban dos o tres tardes de hotel, o en ciertos casos especiales, la con­fortable estancia en un apartamentito clandestino.
Siempre había tenido buen cuidado de no enamo­rarse de alguna candidata e igualmente se cuidaba de que ninguna de ellas se enamorara de él. A menudo pensó que el mandato del adulterio debía haber figurado como undécimo mandamiento de la ley del Señor.
Como el transcurso del ocio no le resultaba nada estimulante, salió a almorzar más temprano que de costumbre, y en el restaurante de siempre, mientras esperaba la negada del solomillo, examinó detenidamente su agenda y llegó a la conclusión de que hoy sería bueno llamar a María Julia para concertar un atardecer de hotel. Sobre todo lo estimuló acordarse de que hoy su mujer regresaría más tarde, ya que de
bía visitar a su madre, que convalecía de una ablación de seno.
Telefoneó pues a María Julia, pero sólo le respon­dió un intratable contestador automático. Vuelta a la agenda. Jorgelina. No estaba mal. Se desenvolvía en el empalme sexual mejor que cualquier otra. Llamó y esta vez lo atendieron. Jorgelina, tras una corta vaci­lación, dijo que sí. Ésta era una ocasión especial para usar el apartamento, de modo que allí confluyeron a las seis de la tarde.
Hermógenes disfrutó como otras veces de aque­llos pechos florecientes y de un lindo trasero, y una hora y media más tarde, luego de los besos finales, ya un poco desganados, él se duchó para evitar toda huella culpable, montó en su Peugeot, dejó a Jorgeli­na en su domicilio y se encaminó al respetable hogar, donde lo esperaba una sorpresa.
En la puerta del refrigerador había una breve es­quela sujeta con dos cintas adhesivas: «Perdón, ma­rido, por esta noticia. Durante diez años sé que con­migo te aburrías un poco y te confieso que yo también me aburría otro poco. No es un motivo grave, pero decidí concluir con esta contemporánea versión del tedio. ¿Te acordás de Fermín, el empresario de Cór­doba? Bueno, hace ya un tiempito que nos vemos (y nos tocamos) y por fin decidimos vivir juntos. Por favor, no nos busques, porque hoy mismo nos vamos a Roma e ignoro cuándo regresaremos. Como sabes, Fermín es muy pudiente y tiene su dinero a buen re­caudo, así que viajaremos mucho y por consiguiente no nos aburriremos. Ah, mi madre sigue mucho me­jor. Chau, Andrea».
Abrió de todos modos el refrigerador, extrajo va­rios cubos de hielo y se sirvió una generosa y repara­dora porción de whisky. Luego se acomodó en el sofá más amplio de la sala y para su sorpresa le pare­ció que tenía los ojos húmedos. ¿Serían lágrimas? Sí, eran. Sintió que en ese momento la vida era injusta con él. Hasta ahora había sido muy satisfactorio ser adúltero, pero no soportaba ser cornudo.

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