TAQUÍGRAFO MARTÍ

En una época en que aún no habían hecho su apari­ción los grabadores o magnetófonos o como quiera que se llamen, Celso Iriarte se había ganado la vida como taquígrafo. Entonces era una profesión lucrati­va y bastante solicitada (por las cámaras de senadores y diputados, los congresos internacionales, los conse­jos universitarios, los bancos, el periodismo, etcétera) y había varios sistemas: el Gregg, el Pitman, el Gabelsberger, el Martí. Los tres primeros eran adapta­ciones de otros idiomas; sólo el Martí se basaba en la sintaxis y las peculiaridades del idioma español. Dis­ponía de más signos, que abarcaban más letras y soni­dos, y en consecuencia no permitía alcanzar, como los otros, una máxima velocidad de escritura, pero en cambio era el más fácil de traducir o interpretar. Como la mayoría de los taquígrafos de Uruguay, Cel­so era practicante del Martí, y aun mucho después de haber abandonado esa profesión (ahora era abogado y profesor de Economía) recordaba con afecto aquellos garabatos secretos y a la vez reveladores.
Ya cumplidos sus sesenta años, viajó a España para atender varios compromisos universitarios. Fue entonces que pasó varias semanas en Valencia, una ciudad que, cuando estaba libre de obligaciones, le gustaba recorrer. En uno de esos paseos se encontró con que la calle que transitaba se llamaba Taquígrafo Martí. A partir de ese día, cuando concluía sus seminarios de la mañana, adquirió el hábito de recorrer aquella calle que le traía tantos recuerdos.
En la séptima de esas jornadas se le acercó un hombre bastante joven (aparentaba unos treinta años) y le preguntó a quemarropa:
-¿Usted es uruguayo?
-Sí, claro.
-Entonces mi nombre no ha de sonarle extraño.
-¿Cómo se llama?
-Soy el taquígrafo Martí. El que dio nombre a esta calle.
-Digamos que es el nieto.
-No, señor. Soy el mismísimo taquígrafo Martí.
-Mire, no estoy para bromas. Cuando empecé a practicar ese sistema, yo tenía dieciocho años y tengo entendido que el taquígrafo Martí, que por supuesto era español, me llevaba unos cuantos lustros de ven­taja. Y yo tengo ahora más de sesenta.
-Es cierto.
-¿Y entonces?
-Soy el mismo.
-Un fantasma, tal vez.
-Tal vez. ¿Nunca se enteró de cierto célebre haiku: «Si no se esfuman / hay que tener cuidado / con los fantasmas»?
-¿Y usted piensa esfumarse?
-Es proba...
No alcanzó a pronunciar la sílaba «ble». En el pre­ciso instante en que Celso se halló solo y abandona­do en la calle, escuchó un fuerte ruido metálico. La chapa con el nombre del taquígrafo se había des­prendido de su pared con grietas.

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