TIEMPO SALVAJE
Mi nombre es Eraclio Carballido y el de mi jefe Agustín Mojarro. Entré en la empresa Tiempo Salvaje a fines del 57 y allí desempeñé funciones de archivero, dactilógrafo y pelotudo. Sólo me pagaban por las dos primeras. Como dactilógrafo transcribía las cartas que me dictaba el jefe, y como archivero guardaba las respuestas, en orden alfabético femenino. El doctor Mojarro (se las daba de médico, aunque era veterinario, pero no ejercía, salvo cuando su perro Bob se resfriaba) era un mujeriego sólo postal. Nunca lo vi con amantes táctiles. Cuando sus misivas eran de un empalagoso romanticismo, las destinatarias lo tentaban con un número de teléfono, al que él nunca llamaba, pero cuando se volvía burdamente erótico, las damas le respondían con postales pornográficas.
Ante nosotros se presentaba como casado y la presunta mujer, Aurelia (a veces venía a buscarlo a la oficina), no estaba nada mal y era bastante más joven que él. Si Mojarro había salido o estaba en sesión de Directorio, yo la atendía con gusto e intercambiábamos sonrisas.
Cierto sábado en que ella lo esperaba, el doctor Mojarro me llamó para que le avisara que, por razones impostergables de trabajo, no podía bajar a verla, así que tomé la iniciativa y la invité a almorzar. La mirada se le iluminó y ella a su vez me informó que mis ojos se habían puesto brillantes. Un descuido lo tiene cualquiera.
Ya en el restaurante, mientras esperábamos la milanesa de rigor, noté con sorpresa que tomaba mi mano y la acariciaba. Yo fui más lejos y le acaricié la mejilla. Más tarde, cuando ya íbamos por el flan con dulce de leche, me animé a besarla y comprobé que su beso era sabroso y experimentado.
Luego, ya en mi cueva de soltero, nuestro primer cuerpo a cuerpo reclamó a gritos un futuro estable. Entre la primera y la segunda fusión me confesó que en realidad no estaba casada con Mojarro. Hacía dos años que vivían juntos pero ya estaba harta de su vulgaridad. Lo definió como un patán.
De pronto me miró a los ojos y dijo: «¿Ves? Con vos sí me casaría». En mi piel, que todavía olía a ella, estaban presentes el mañana y el pasado mañana, pero por las dudas sólo respondí con un silencio aquiescente.
La perspectiva no era mala. Ella tenía y tiene un buen pasar económico, y aunque juro, con las dos manos en el corazón, que ese elemento más bien terrestre no fue decisivo en mi vistobueno, también reconozco que no fue poca cosa.
Allí mismo redactamos las dos cartas que enviaríamos al mujeriego postal. La de ella decía: «Agustín: ya sabes que hace tiempo que no nos necesitamos. Ahora necesito no caer en el remoto riesgo de necesitarte. Así que chau».
La mía fue más concreta: «Jefe: aquí pongo en sus manos mi renuncia. En el quinto cajón del segundo armario podrá encontrar, ordenadamente guardadas, las copias al carbónico de sus cartas y las respuestas de las destinatarias. Ahora me voy con Aurelia, cuya actual y afortunada presencia en mi vida, también debo agradecerle».
Tiempo después supimos (la empresa Tiempo Salvaje siempre fue un supermercado del chisme) que cuando recibió aquellas cartas por correo urgente, Mojarro se fue a su casa más temprano que de costumbre, abrió su cofre fuerte doméstico, extrajo de allí el revólver que nunca había empuñado, llamó al perro Bob, que acudió presuroso moviendo la cola, y ahí nomás le encajó dos tiros en la pobre cabeza. «Lo que siempre te dije», fue el comentario de Aurelia, «es un patán.»