VlEJO HUÉRFANO
A los ochenta y dos años, los sueños forman parte de la vida; son probablemente su zona más activa. En la realidad, uno camina con lentitud, las piernas torpes y pesadas; en el sueño, uno corre, salta vallas, dice alegres disparates. En la realidad, uno esconde sus rabias, que se refugian en el hígado; en el sueño, uno propina certeras trompadas al enemigo de ese minuto. En la realidad, uno mira con envidia a los que bailan; en el sueño, uno baila.
En mi capítulo onírico más asombroso, yo estaba en una estación de ferrocarril y el tren apareció con sus bufidos de siempre, y quedó, provocativo frente a mí, el primer vagón de la primera clase. Yo había adquirido ese pasaje de privilegio sólo por curiosidad: quería comprobar qué gente de pro, sobria o borracha, disfrutaba de esa prerrogativa. Ascendí, con la ligereza de la alucinación, y en el segundo vagón había un grupo de infantes que sostenían una larga pancarta: Huerfanitos de Santa Catalina. ¿Dónde quedaría eso? No me importaba. Los niños parecían felices, jugaban a los manotazos y la cuidadora los hacía reír, aunque de vez en cuando les dedicaba uno que otro coscorrón. La escena no me sirvió para evocar mi propia infancia. Sólo pensé: «Soy un viejo huérfano, sin cuidadora y sin Santa Catalina».
Recorrí dos vagones más y en el segundo me encontré con la bendita sorpresa. En el último asiento, junto a la ventanilla, estaba mi padre, bien entero, todavía maduro, sin canas y casi sin arrugas. Concienzudamente me olvidé de que treinta años atrás había asistido llorando a su velatorio.
Como el asiento contiguo estaba libre, allí me situé, le puse una mano sobre el brazo y dije: «Hola». Casi de inmediato él dejó de mirar el paisaje para mirar ese otro paisaje que era yo. Entonces abrió tremendos ojos, después esbozó un gesto de estupor, que se fue ampliando hasta convertirse en su clásica y rotunda sonrisa del siglo pasado. Y dijo: «Qué bueno encontrarte aquí, en medio de este viaje hasta ahora bastante tedioso. Qué lindo. Te confieso que en el primer momento tuve la impresión de que era un sueño».