VOZ EN CUELLO


1
Hola, oyentes. Les habla Leandro Estévez, de «Voz en Cuello», temprano, como siempre. A esta altura, sé que ustedes son pocos pero fieles. Sólo tenemos la palabra como hilo conductor, como punta y pauta del diálogo. No los veo, pero les pongo rostros, miradas, gestos. Por suerte, mi soledad inventa, es imaginati­va. Si no los creara (yo, a ustedes), así sea premedita­damente, no podría exiliarme del silencio. Sepan que el ánimo no me alcanza para soportar el vacío. Menos aún para interpretarlo, para hablar a un agujero que es nadie. Ayer un oyente me preguntaba: ¿Por qué «Voz en Cuello»? Bueno, en primer término porque es una voz, alguien que dice, propone, asume, rebate. ¿En cuello? No tengo una explicación verosímil. El Dic­cionario de la Real Academia Española define: «A voz en cuello. En muy alta voz o gritando». A la vista está (o mejor, está al oído) que yo no les grito ni les hablo en voz alta. Pero me gusta creer que ésta no es una voz cualquiera, sino una Voz en Cuello. Es como si a mi voz le pusiera un apellido, o como si esta voz per­teneciera a muchos, como si fuera, por así decirlo, una portavoz en cuello.
Yo creo que este programa, esta emisora, como tantos programas y emisoras, sirven, entre otras co­sas, para enganchar soledades. El ama de casa en pleno desayuno; el camionero que va a inaugurar su carretera cotidiana; el ansioso que no logró zafarse del insomnio; la muchachita rumbo al trabajo pero que aún sigue pendiente de cierto cuerpo que le ale­gró la noche; el sereno que vigila la línea de sol que ya roza sus botas; el responsable del faro que cumplió en apagar su intermitente foco y se encamina hacia el sueño diurno; unos y otros, todos y todas, arriman su personal aislamiento a ese tipo que, desde su propia soledad, les habla y los convoca. Ése, o sea yo.
Como cualquier mortal, tengo un mundo; real o inventado, pero un mundo. Ahora bien, no es cosa de contarles mi vida. Cuando cuento mi vida, tengo que mirar atentamente los ojos del que escucha. Y en esta situación, eso es imposible. Me limito a imagi­nar ojos: verdes, celestes, negros, valientes, cobardes, indiferentes, inquisidores, todo un surtido. Pero cuan­do hablo a ojos presumiblemente verdes, sé que los celestes y los oscuros me miran desconfiados.

2
Buenos días. Parece que hoy nos conceden un poco más de espacio. ¿Tregua globalizada? Ya era hora. Recorro lentamente los diarios matutinos y las noti­cias no son tan nefastas como es habitual. Por ejemplo: en Kabul los cines reabren sus puertas. Hace veinticuatro horas que no hay ping pong de amena­zas entre la India y Pakistán. Sharon y Arafat se li­mitan a contemplar en televisión sus odios respecti­vos. En España sólo tres maridos mataron a sus mujeres, aunque sólo uno de ellos agregó a la suegra por las dudas. En Buenos Aires hay quien propone un sistema especial de semáforos para evitar acci­dentes en los cruces de cacerolazos. Hace dos días que el presidente Bush no agrega más países a su nó­mina de futuros invadidos. No obstante, la naturale­za halla motivos para vengarse de algo, de alguien, y reparte terremotos, inundaciones, volcanes en erup­ción, torrentes desbordados. No sé si ustedes pien­san como yo, pero este mundo que nos ha tocado es una lástima.
Dicen que fue un astrónomo de Cambridge, Stephen Hawking, el inventor de la insensata teoría del big bang (el «gran pum», según Octavio Paz), pero a mí es algo que siempre me provocó un explicable desconcierto junto a una inexplicable repugnancia. Eso de ser choznos de los choznos de los choznos de la nada no es por cierto vivificante ni confortador. Que esta plétora de continentes, océanos, cordilleras, millones de humanos en pigmentos varios, alimañas que van desde la cucaracha al elefante, signifique algo así como un piojo en la inmensidad del universo, hace que nuestras vidas se refugien en la brevedad de cada almita. Y es entonces cuando la asunción del di­nero se vuelve ridicula, pese a que ese dinero sea des­pués de todo indispensable para la conquista y el ejer­cicio del poder.
No es mi propósito, queridos oyentes, desanimar a nadie, pero conviene ser realistas, ser conscientes de nuestra verdadera dimensión, por insignificante que sea. De todos modos, cuando la muerte le llegue al poderoso empresario y al gobernante imperial y también al miserable dueño de su pobreza, las ceni­zas de uno no pesarán más ni menos que las del otro. En ese inapelable desenlace la despiadada pálida nos iguala a todos y las penúltimas huellas se confundi­rán con las últimas. Mirar al infinito es meterse en honduras. Medir un trozo de ese infinito con las vueltas del día, es admitir que el infinito es siempre incomparable. Hay pocas suertes capaces de salvar­nos de ese y otros abismos, y una de esas suertes es el amor. El amor es el único poder capaz de competir con el abismo, de hacernos olvidar, aunque sea por una noche, del final obligatorio. Ni siquiera el re­cuerdo del repugnante big bang puede despegarnos del amor. Así que a amar, amigos míos. Sepan que es la única fórmula para reconciliarse con la noche.

3
Hola. Les habla, como siempre, Leandro Estévez. Pero hoy he decidido confesarles que no es mi nom­bre verdadero. Por eso puedo contarles algo que me sucedió ayer. Acudí a cumplir un trámite cualquiera en una oficina. No interesa si privada o estatal. Lo que importa es que entré en el ascensor, donde ya es­taba una mujer, joven, linda, con ojos algo enigmáti­cos. Ambos dejamos el ascensor en el piso octavo. Yo debía buscar la puerta 817, pero cuando llegamos a la 809 ella extrajo una llave de su bolso y abrió la puerta. Sólo entonces se dignó mirarme. ¿Quiere pasar? Le dije que mi destino era la puerta 817. No se preocupe, dijo, imperturbable. La puerta 817 se mudó a la 809. Pase nomás. Entonces pasé. Era un ambiente no muy amplio, con casi un único mueble: una cama de dos plazas. Todo muy limpio, muy pu­lido. Ella abrió las sábanas y empezó a quitarse la ropa. Cuando quedó totalmente desnuda (verdade­ramente, un cuerpo clase A), me preguntó si me iba a acostar así, con traje y corbata. Me sentí tan ridícu­lo que no tuve más remedio que desnudarme, con lo cual me sentí más ridículo aún. La verdad es que mis esporádicas relaciones con mujeres, más o menos independientes, nunca habían seguido un proceso tan extraño. Pese a mi sorpresa, se las ingenió para des­pertar mis apetitos. No estuvo mal. Sólo una vez y casi en silencio. Después fui al baño por unos minu­tos y a la salida me esperaba con mi traje en una per­cha. Me vestí, me despidió con un beso algo reseco y descendí en el ascensor prostibulario. Ya no me acordé de la gestión que me había llevado al edificio de marras. Caminé unas cuadras y no sé por qué me tanteé el saco. Sólo entonces eché de menos la bille­tera, con diez mil pesos y dos tarjetas de crédito.

4
Buen día. No tanto, eh. Habrán observado que está lloviendo desconsoladamente. Bienvenida la lluvia. Siempre tuve la sensación de que un buen y nutrido aguacero me limpiaba la conciencia hasta en sus rin­cones más escabrosos, esos a los que nos cuesta negar con meras reflexiones y autorreproches. Esta lluvia de hoy, sin ir más lejos, deja el aire casi transparente, como si viéramos la ciudad a través de un cristal que aún no se ha empañado. Pienso en lluvia, sin nostal­gia del sol quemante. Siento en lluvia y dejo que res­bale por mi rostro, como una refrescante catarata de lágrimas. Y cuando horas más tarde me enfrento al juicio neutro del espejo, todavía tengo un rostro de aguacero.
La lluvia que más empapó mi pasado, mi presente y mi futuro fue una que me alcanzó en un descampa­do de Tacuarembó. En cierto momento dejé de ca­minar porque era inútil. Ya no podía mojarme más. Sólo faltaba que apareciera Dios y con Sus manos todopoderosas me torciera como a un trapo de piso. Pero no apareció, seguramente porque le habrían llegado rumores de que hace tiempo soy ateo. Cuan­do después de varias horas de lluvia y camino llegué a un ranchito de morondanga, un paisano viejo, que al parecer era el propietario de aquella miseria, me dijo que no tenía con qué secarme un poco, pero que no importaba, que no había mucha diferencia entre morirse seco y morirse mojado. Y agregó, sin siquie­ra sonreír por compromiso: Trate de sobrevivir hasta que salga el sol. Y bueno, salió el sol. Pero yo estaba tan mojado que el sol no pudo secarme; más bien creo que fui yo quien mojó al pobre sol.

5
Hace algunos días que este Leandro Estévez no con­versa con ustedes. ¿Me echaron de menos? Sé que va­rios oyentes llamaron a la radio preguntando a qué se debía mi ausencia: si estaba enfermo, si me habían echado, si estaba de viaje. No era nada importante. Simplemente una afección a la garganta que se tra­dujo en una ronquera insoportable, no sólo para mí sino sobre todo para los demás. Todavía me queda un poco, como habrán observado. Les confieso que yo también los extrañé. A veces, a medianoche, in­tentaba hablar sin voz, a puro pensamiento, pero no es lo mismo: era como predicar en el desierto. Para peor de males, el silencio se incorporaba a mi insom­nio, que es como un sueño pero sin sueño. La noche se llenaba de sonidos, de ruidos, pero eran ajenos, no me aludían. En cambio ahora, cuando le hablo al micrófono acogedor, sé que del otro lado están todos ustedes, escuchándome y generando respuestas, que si bien no me llegan, me consta que existen. Las pa­labras, las mías y las ajenas, flotan en el aire, quizá se cruzan o simplemente se encuentran o desencuen­tran. Lo cierto es que las unas no saben de las otras. Cuando desgrano las palabras en el insomnio, no me siento responsable, soy un lenguaraz clandestino, pero cuando las pronuncio para ustedes, cuando les doy voz y sonido, entonces sí soy consciente, a tal punto que en ocasiones me siento miserable por al­guna barbaridad o estupidez que les dije, o por algo que sobrevivió en las entrelineas y ustedes las capta­ron con sus antenas siempre alertas. Hoy no les voy a contar nada. Simplemente quería comunicarles mi regreso a la «Voz en Cuello». Ojalá me mejore pron­to de esta jodida ronquera. Chau.

6
Hola. Ya ando mejor de la ronquera, así que estoy en condiciones de contarles un episodio más o menos extraño. Sucedió ayer. Es curioso comprobar cómo a veces entran en polémica los hechos y la censura. La última novela de Baltasar Méndez, Al fin y al cabo, escaló rápidamente posiciones en la tabla de best-sellers. La crítica periodística, en cambio, la castigó con diversos juicios negativos: inverosímil, capricho­sa, falsamente utópica, etcétera. Y todo eso, ¿por qué? Porque el protagonista, después de romper con dos amores (no coincidentes, sino sucesivos), decide eliminarse arrojándose del decimocuarto piso del palacio Ciudadela. El principal editorialista de un ma­tutino llegó a afirmar que en este bendito país la gente no se suicida, y que por eso esas noticias no sa­len en la prensa; sencillamente, porque no existen. Según otro crítico opinante, el suicidio es una insti­tución europea, tal vez norteamericana, y afecta no sólo a los infieles, cornudos y estafados, sino tam­bién a los políticos que descienden en las encuestas y a los empresarios corruptores y/o corruptos. Y que en todo caso, si un ciudadano local decidiera elimi­narse, jamás se arrojaría desde las alturas de un ras­cacielos.
Alguien recordó que hace unos quince años apa­reció un cadáver, en ropas menores, junto a la mole del palacio Salvo y el primer diagnóstico fue (aunque ignorado por la prensa) que se trataba de un suicidio. Después se supo que no era tal. Resulta que un se­ñor, casado él y con tres hijos, mantenía una relación amorosa con una habitante del séptimo piso, pero ese día, en plena y sagrada cópula, sufrió un infarto y allí nomás crepó. La pobre mujer, consternada y fue­ra de sí, no encontró mejor solución que arrojar el cadáver infiel por la ventana.
Bien, a lo que quería llevarles es que ayer la estric­ta e inefable censura sufrió un duro revés. Cuando varios periodistas acudían a sus horarios matinales, al llegar a la plaza Independencia vieron un montón de gente, al costado del Ciudadela, alrededor de algo. El algo, o mejor dicho el alguien, era el cuerpo de un desgraciado, que al parecer se había arrojado desde el piso decimoquinto, sólo uno más arriba del citado en la novela de Baltasar Méndez. Ya no fue posible esconder una realidad tan pública, y hoy, como ya habrán visto, un matutino tituló en prime­ra: «Trágico fin de una historia de amor», y otro más: «Espectacular suicidio en la plaza». Y un tercero: «La novela de Baltasar Méndez convertida en reali­dad». O sea que al fin mi amigo Tomás Vélez podrá pasar en limpio la obra en la que viene trabajando desde hace dos años: Historia de cien suicidios en el Uruguay del siglo XX.

7
Salud, amigos. Hagamos de cuenta que hoy es mi cumpleaños. Ya que me presento ante ustedes con un nombre falso, también mi cumpleaños será apó­crifo. De todos modos, mis cumpleaños legítimos son tantos que podrían ceder rasgos y anécdotas a los de imitación. Por ejemplo, cuando cumplí once años, mi abuela paterna, que era católica de armas tomar, me impulsó a recibir la primera comunión. Me había advertido que cuando el cura me suminis­trara la hostia, yo no debía masticarla sino dejar que se disolviera en la boca, pero en ese espacio yo podía formular dos deseos. Lo pensé con toda profundidad y cuando sentí la hostia contra el paladar, formulé mis dos deseos: 1) salud para mis padres y 2) una pe­lota de fútbol número cinco. Con la referencia a mis padres cumplía por supuesto una obligación moral, pero con la aspiración a una número cinco apuntaba a mi nirvana deportivo.
Veinte años más tarde mi onomástico me encon­tró en la cama: fiebre alta, lumbago, dolor de cabeza, amagos de disnea. Como si en vez de cumplir treinta y un años estuviera regodeándome en los cincuenta. Mi novia (o más bien, mi compañera) me contem­plaba como a un pobre diablo, como a un desper­dicio de la humanidad, y yo leía en sus ojos inqui­sidores unas ganas tremendas de abandonarme a la buena de Dios y de la gripe. Y bien, al final mis pre­sentimientos se cumplieron y me abandonó. De in­mediato me bajó la fiebre, se me calmaron el lumba­go y la disnea. Pero como ella ni siquiera telefoneó para interesarse por mis males, y menos aún para de­cirme que los cumpliera muy felices, eso quedó así: yo convaleciente y ella lejana y enemiga.
Otros cumpleaños fueron normales, con besos, abrazos, regalitos, champán hasta la medianoche. Bueno, todos menos uno. Cuando cumplí cincuenta y tres, un primo que sólo me llevaba un año apareció
en mi casa con dos botellas de whisky y una sola, su­blime borrachera. En menos de media hora, me rompió dos lámparas italianas que yo amaba y tam­bién una computadora portátil, y hubo que arrastrar­lo entre cuatro parientes hasta meterlo en un taxi mientras él gritaba con voz de hincha de la Amsterdam: felicidades, felicidades, felicidades. Y yo me quedé en el living con las felicidades y las lámparas rotas.

8
Mis amigos de siempre. Hoy no es para mí un día de fiesta. Ya tenía una tarjeta amarilla, pero hoy me pu­sieron la roja. A partir de mañana me quedaré sin us­tedes, y, lo que es tal vez menos grave, se quedarán ustedes sin mí. Hoy clausuro este programa como quien cierra una maleta. Y sin gritar a voz en cuello. La verdad es que me sentía bastante a gusto macha­cando diariamente el micrófono con anécdotas reales o inventadas, descripciones imposiblemente objeti­vas sobre los tumbos y las sorpresas de la jornada, agravios que pasan como buitres y añoranzas que me rodean como palomas. Fue anoche que me avisaron que debo dejar mi espacio. Soy demasiado orgulloso como para averiguar «la razón del cese», de modo que preferí aceptar la noticia en magnánimo silencio, así les dejo a Ellos la culpa bien limpita para que la guarden en el baúl de la conciencia. Desde ahora, pues, mis monólogos serán sin micrófono, sin oyen­tes y sin censura. Podré pronunciar mierdas y carajos sin que nadie me sancione ni perdone. O quizá me dedique a escribir. ¿Por qué no? Ya lo dijo Jules Re­nard: «Escribir es una forma de hablar sin ser inte­rrumpido». Ustedes, ¿me echarán de menos? Ojalá que sí. Por fortuna, no conocen mi nombre verdade­ro. O sea que en el mejor de los casos sólo tendrán nostalgia de mi voz y de mi seudónimo. Así que aufwiedersehen, au revoir, arrivederci, good bye, y resu­miendo: amén.

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